VALDELACASA-SALAMANCA

Capítulo V

V LA IRA DE LOS JUSTOS

         La gente de Valdelacasa, apesadumbrada durante el tiempo que duró la autopsia de la interfecta, casi se había olvidado de Guiñote, que permanecía en el calabozo de la casa concejo. Excepto para los responsables a los que correspondía el turno de custodiarlo, para el resto  del vecindario era como si no existiera. Como si la desgracia de Dionisia fuera cuestión ajena a aquel hombrecillo definitivamente callado que aguardaba encerrado a ver qué es lo que iban a hacer con él.

         El mismo sábado, día 24 de febrero, por la mañana, se presentó en Valdelacasa la guardia de caballería de Béjar, para trasladarlo a la cárcel del partido por orden del juez de instrucción. Llegó una pareja montada en sendos caballos blancos que recibió las novedades de los dos de la comandancia de Valdefuentes, que ya estaban en el pueblo desde la madrugada.

         La aparición de los jinetes fue como un toque de rebato. Si hasta entonces el recogimiento expectante había hecho olvidar al preso, a partir de este momento se exaltaron los ánimos. Los paisanos arganearon aquella mañana esperando el desenlace del acontecimiento. En semejantes condiciones lo que menos ganas tenían era de trabajar: las faenas, que esperaran.

         Se congregaron al unísono alrededor de la casa concejo. Todos allí agolpados como si no quisieran perderse lo que fuera a suceder. Junto a la puerta del calabozo había una piña humana, y toda la calle abajo, hasta la salida del pueblo, un cordel de gente sin espacios libres. Hombres, mujeres y niños subidos a las tapias de los huertos, asomados a las puertas, aguardaban expectantes el momento en que sacaran a Julián Blázquez Redondo.

         Los rapaces en primera fila, los peores mozos se subían donde podían o se empinaban estirando los cuello; todos aguardando cariacontecidos.

         El día se había levantado despejado, el primero entre muchos; como si quisiera alumbrar esta otra procesión y que nadie se quedara sin presenciarla. Lo más seguro es que, aunque hubiera llovido, nadie habría faltado. Viendo llevarse a Guiñote era una forma de homenajear a la víctima y condenar al criminal.

         De los guardias que llegaron a caballo de Béjar, uno era cabo y el otro, que se llamaba Juan, se retiraría y pondría posada en Guijuelo. Se pusieron de acuerdo con Benigno Moreno y con Joaquín Rodríguez en las formas y sobre el traslado del preso. Apuntaron la hora de salida, firmaron las órdenes de entrega y se dispusieron a cumplir con su deber.

         Antes de salir a la calle, a Julián Blázquez Redondo le ataron las manos por delante. La astilla que había utilizado contra Dionisia, manchada de sangre ya seca, la trajeron de donde la muerta y se la colocaron debajo del brazo. El arma del delito tenía que trasladarla a Béjar por encargo del juez de instrucción, pero lo que no quedó muy claro fue la razón por la que se la colgaron a Guiñote. Pudo deberse a la intención de la autoridad de que sirviera de escarmiento para quien lo contemplara, un primer castigo de remordimientos; o, quién sabe, ya que Guiñote iba preso, después de hacer lo que había hecho, pues que cargara con ella. No se la iban a llevar, encima de una cosa la otra, y ahorrarle así el trabajo.

         Cuando lo sacaron a la luz de la calle, le ataron los brazos a las colas de los caballos. Dos corceles blancos como la nieve, que se mostraban desconfiados y nerviosos al verse rodeados de tanta gente extraña.

         Aparecer Guiñote ala puerta del calabozo y acabarse de encender la ira del vecindario, todo fue uno. De la masa, que aguardaba impaciente, salieron insultos como pedradas; desde asesino hasta canalla, sin olvidar lo de criminal, tunante, muerto de hambre, asqueroso, desgraciao, gandul, animal, bandido y cabrón.

         La rabia de uno prendía la de los demás como una mecha, de manera que se iba formando como una marea creciente de furor incontenible. No cabía edad a la hora  de insultar. Sobre Guiñote cayeron todas las voces, todos los traumas, acaso; todas las rebeliones por hacer y toda la agresividad de una comunidad que tenía pocas oportunidades para desarrollarla.

         Muchos se abalanzaron en cuenta de tomarse la justicia por su mano; porque no quedara el ataque sólo en palabras y relucieran los hechos. El anonimato de la masa, ciego, producía empujones y golpes para parar un tren. La guardia se las veía para detener al pueblo y defender la integridad de Guiñote; hasta para proteger ellos mismos, puesto que los palos no se dirigían cuerdamente en medio de tanto barullo.

         - Atrás, señores, atrás.

         - Por favor, dejen pasar.

         Los civiles se veían desbordados y procuraban identificar de un vistazo a los más sensatos y tranquilos de los presentes para ponerles al corriente de la situación y pedirles que les echaran una mano para sacar de allí al preso sin disgustos.

         El alcalde procuraba ayudar a los guardias, pero en aquellos momentos carecía de autoridad moral sobre sus paisanos.

         - Lo que ha hecho está mal, pero hay que llevarlo a la cárcel.

         Nadie le hacía caso, como si no lo oyeran.

         El juez municipal también colaboraba en aislar al detenido, con idéntico resultado.

         - Venga, todo el mundo pa tras. Fuera de aquí.

         En vano trataban las autoridades de razonar con la gente que empujaba y que pegaba. Lo mismo utilizaban garrotes, que piedras, que los propios puños.

         - No se le puede pegar –decía el cabo desde el caballo.

         - Ahora nos hemos hecho cargo nosotros de él y ya nadie le puede hacer nada. Si hubiera sido antes, todavía, pero ya no.

         Palabras y explicaciones que se las llevaba el viento y que ningún oído quería oír.

         Felisa Moreno era de las más indignadas. Se quiso tirar al cuello de Julián y la tuvieron que apartar sin contemplaciones.

         - ¡Tunante! ¡Tunante! Que has traído la desgracia a mi casa.

         - Vamos, señora, haga el favor.

         No era nada fácil emprender camino tal y como estaban los ánimos. Porque existía una imposibilidad física al cerrarse el bosque de brazos como una tenaza alrededor de Guiñote y los cuatro guardias. Ello sin contar con que la inmensa mayoría de las manos había adoptado una clara actitud agresiva. Los viejos agitaban sus cayadas; las viejas insultaban, lo mismo que las mujeres más jóvenes, las cuales además pretendían pegar. Los hombres soltaban exabruptos; los jóvenes  zarandeaban a los guardias civiles. Los niños corrían, se metían entre las patas de los caballos con claro peligro de su integridad física, tiraban piedras e imitaban en los palabros a sus mayores.  Para estos últimos, se trataba de una fiesta que tardarían en olvidar.

         Cuantos más improperios salían de las gargantas indignadas que pedían justicia ahora, más se exaltaba la ira de los justos. Y era como un círculo vicioso al que no se le veía la punta.

         Había piedras que no llegaban a su destino e iban a caer a lomos de los caballos. Los cuales se recelaban acaso por no considerar del todo justo el castigo a que estaban siendo sometidos. Una de las piedras rebotó con estruendo en la cabeza de uno de los guardias montados.

         Llegó un momento en que éstos comprendieron que con la gente desbordada no valían contemplaciones, así que espolearon las monturas sin preocuparse dónde iban a poner las patas o las coces. Desataron los brazos de Guiñote de las colas de los jacos para tener más libertad de movimientos. Los números de Valdefuentes, desde el suelo, echaban a la gente para atrás sin consideración utilizando como ariete las culatas de los escopetones; eso, cuando no apuntaban.

         - Que tiramos.

         - Fuera de aquí o disparamos.

         Se quedaron los de a pie con el reo y los de caballería cargaron contra el grupo. Encabritaron a los caballos y en seguida lograron un hueco considerable. Los corceles, las colas al viento, levantaban sus patas delanteras golpeando la mañana, barriendo un círculo en tono a Guiñote.

         La comitiva se puso por fin en marcha, lentamente. La pareja de Valdefuentes llevando a Julián en volandas, mientras los montados rodeaban al trío picando cortas cabalgadas para romper las masa humana.

         Felisa Moreno aún insistía en llegarse a Guiñote y como los civiles estaban empeñados en no dejarla, no le quedaba más que la palabra:

         - Sólo quiero que Dios te dé el castigo que mereces.

         El recorrido era penoso porque había mucho odio en el ambiente, muchas voces que gritaban: ¡Matarlo!

         Antes de llegar al sitio que llaman Cancho Gordo, ya cerca de la salida del pueblo, Julián Blázquez Redondo tropezó, yendo a darse de bruces contra el santo suelo. Al llevar las manos atadas no pudo amortiguar la caída, con lo que se pegó un buen costalón, quedando tendido cuan largo era. Entonces uno de los hombres sentados, de aquellos que caminaban aparentemente convencidos de que lo mejor era hacer las cosas en orden. Atanasio el Largo, se dispuso a ayudar al caído. Todo el mundo vio cómo Atanasio, simulando socorrer a Guiñote, lo que hizo realmente fue inflarlo a patadas. Mal se podía levantar así: maniatado, con la astilla en el brazo y bajo las patadas de el Largo. Pasaron algunos segundos, acaso minutos, entre el contento del público y la saña del judas, que se había hecho pasar por cirineo, hasta que los guardias se percataron de los puntapiés y apartaron al de apariencia sensata de un empellón.

         En el Cancho Gordo, frente al Pilar de las Delicias, salieron dos primas de la muerta con intención de arañar donde pudieran al preso. A pesar de la sorpresa del arrojo, pudieron librar a Guiñote de las uñas airadas, porque, a estas alturas, los conductores ya no se fiaban de nadie.

         Aunque se hallaban a la salida del pueblo, no por ello habían cesado de llover lo mismo piedras que insultos aquella mañana del sábado. Ya casi por la tarde, pues con el desorden en que se vieron metidos, al ponerse en marcha y el lento caminar, se había pasado el mediodía.

         Felisa Moreno  no cesaba ni en las lamentaciones ni en la ira. Se hacía cruces y no perdía oportunidad de acercarse para que Guiñote oyera sus maldiciones.

         - Criminal. Dios te castigue.

         Enfilando el camino de Valverde, aún continuaba la reata de gente a ambos lados, si bien se empezaban a percibir ya algunos huecos.

         Cascarilla, el pastor de Aldeavieja que había estado casado con Salustiana, la hermana mayor de Dionisia, guardaba un rebaño de ovejas de los Garzas. Cuando vio venir a la comitiva se puso en medio del camino, delante de los caballos, aparentemente con buenas maneras:

         - Me lo dejen a mí que le eche una súplica.

         Pero los guardias ya hacía rato que no confiaban en las buenas maneras, así que lo apartaron. Y no se llegó a saber lo que había querido decir con eso de la súplica.

         Antes de abandonar las últimas casas del pueblo, todavía arreció por un momento el intento de linchamiento. Linchamiento que igual era a peñascazos, que a estacazos, que a pellizcos, que a mordiscos. Mucha y larga era la ira del vecindario aquella mañana. La rabia contenida, la impotencia ante la tragedia que quedaba sin resarcirse como se llevaran al criminal. No podían devolver la vida a Dionisia, pero se sentían jueces suficientes para infligir a su asesino un castigo acorde con las circunstancias. Contra quién iban a jurar, a quién odiar, si les llevaban a su chivo expiatorio. Como si el quitárselo fuera perdonado.

         A Julián Blázquez Redondo, a pesar de la protección de la Guardia Civil, le pegaron mucho, antes de salir del pueblo, y recibió más de una pedrada. Se fue escalabrado. El cuerpo y el alma hechos jirones por sus propios paisanos. No lo querían. Nunca lo habían querido, siempre lo despreciaron con la indiferencia de no tenerlo en cuenta y así acababa. Jamás pensó que en su pueblo tuvieran tanto contra él.

 

 

 

        

La Voz de Madrid del lunes día 26, a la par que daba la noticia del crimen, se refería a la indignación popular:

 

         …se descubrió el crimen y

la Guardia Civil detuvo al criminal. El vecindario          quiso lincharlo cuando lo sacaban del pueblo para llevarlo a la cárcel del partido.

 

         De la misma manera que El Sol, el otro periódico de la capital que se ocupó del caso, se expresaba al respecto en parecidos términos:

 

         …descubrieron el crimen, el vecindario trató de linchar al criminal, cuando, por          orden del juez, fue trasladado desde Valdelacasa, término en que se cometió el          hecho, hasta la cárcel del partido.

 

         Los periódicos de Salamanca, durante los días siguientes, se encargaron de detallar los pormenores del crimen, pero no mencionaron el intento de linchamiento. Sería que no lo consideraron noticiable.

 

 

 

         Una vez salidos de Valdelacasa, aún con la compañía de algunos vecinos –probablemente los de rencor más sostenido-,

la Guardia Civil le cambió la astilla de sitio a Guiñote. En lugar de llevarla bajo el brazo, a partir de allí se la colocaron a la espalda, con una cuerda atada en bandolera. Una forma más cómoda de llevar, frente a los dieciséis kilómetros que le quedaban por hacer  a sus tuertas piernas hasta llegar a Béjar. Y además, volvieron a atarlo a las colas de los caballos.

         Benigno Moreno y Joaquín Rodríguez Miguel  se despidieron  de los guardias e hicieron volverse a los últimos vecinos que quedaban.

 

 

 

         Probablemente Julián Blázquez Redondo caminara despacio en dirección a Valverde, mirando sin ver los robles y los peñascales, los prados y las retamas, los tomillos y los fresnos, que iban bordeando el camino.

         A los tres kilómetros de marcha, entraron en Valverde de Valdelacasa, ya solamente las dos parejas de guardias civiles, el par de caballos blancos y Guiñote. Pasaron por la puerta de la iglesia, en el centro de la aldea, y salieron a ver la comitiva gran cantidad de fieles, mujeres sobretodo. También aquí quisieron pegar al detenido y los civiles se las vieron para evitarlo. Al fin y al cabo las dos parroquias estaban a un paso y se conocían mucho: múltiples casorios entre medias, la mayoría emparentados de uno u otro modo. Hasta aquí había llegado la indignación y de nuevo hubo insultos, pedradas y estacazos.

 

        

         Dos Kilómetros y medio más llevaron al reducido grupo a Peromingo. Al frente, como una pared, se alzaba ya la sierra de Béjar. Salió el personal a mirar, pero, como ya quedaban a cinco kilómetros largos de Valdelacasa, la tragedia les tocaba más de lejos. Los había movido más la curiosidad que otra cosa. Los vecinos de Peromingo contemplaron la escena de paso de Guiñote como un caso del que hablar largo tiempo: la pareja de corceles blancos montados por los tricornios; un hombrecillo encorvado y cojitranco con las manos atadas por delante, como un nazareno; de los brazos saliéndole sendas cuerdas que iban a parar  a las colas de los jacos; la breve ropa, a pesar de la estación, hecha jirones; una estaca colgándole a la espalda, casi derrengándolo; caminando despacio, con gran dificultad, no se sabía si por el peso de la astilla, por la pena o por los golpes recibidos.

         - Ése ha matado a una en Valdelacasa.

         - Con esa estaca que lleva colgá le pegó.

         - Menudo lebrel, si no tiene ni medio sopapo.

         - No te fíes tú de los chicatos.

         Después de Peromingo, el camino parecía desviarse a la derecha, como buscándole las vueltas a la montaña en pos de una hendidura por donde pasar. Entonces la pared comenzaba a situarse a la izquierda en el sentido de la marcha. Curvas como hoces y fresnos a ambos lados.

         La senda se convertía en pura ascensión a través de empinadas cuestas que agotaban a Julián Blázquez Redondo. Hubieron de parar unas cuantas veces para que el hombre tomara aliento.

         Media docena de kilómetros y se plantaron a las puertas de Navalmoral de Béjar, donde igualmente salió la gente a curiosear. Allí vio pasar a Guiñote Manuel el de los Fiques, hermano de Paula la Cacharra, la mujer de Ricardo García Izquierdo. Manuel, que estaba de criado en una casa rica de Fuentebuena, iba y venía andando todos los días desde Valdelacasa y no se quiso perder el paso de la conducción armada.

-         A ése lo llaman Guiñote y ha matao con la estaca a una de mi pueblo.

 

 

 

         Los poco más de tres kilómetros que quedaban para Béjar, constituían una macedonia de moreras, castaños, álamos, higueras, robles, retamas y peñascos. Un festival para la vista que, con toda seguridad, Julián Blázquez Redondo no tuvo tiempo ni ganas de disfrutar. Tras la dura ascensión hasta los mil y pico metros de altitud, venía una pequeña bajada, ya Béjar de frente, que hizo menos engorroso el cansino caminar del preso.

         Entre lo que les había costado salir de Valdelacasa y la lenta marcha, cuando quisieron llegar a la vista de Béjar, estaba ya caída la tarde. En hacer los dieciséis kilómetros tardarían, pues, sus buenas seis horas.

         Béjar quedaba como una culebra tendida a lo largo de una joroba de la tierra. Desde donde se alcanzaba a ver, estaba separada por un barranco, en el fondo del cual transcurría el río Cuerpo de Hombre, de cuyas frías aguas daba de beber tanto a los habitantes de la cabeza de partido como a las fábricas textiles plantadas a sus orillas.

         Pudo ser que antes de entrar en Béjar, Julián mirara atrás un momento y pensara en lo que dejaba y en lo que se le venía encima. O pudo ser también que no mirara nada, que lo mismo que se quedó sin habla desde la noche del viernes, en que lo metieron en la casa concejo, también se quedara sin vista y sin entendimiento, y lo mismo le diera lo de atrás que el futuro.

         Familia que lo acogiera no tenía; ni que lo fuera a ver a donde estuviera, ni que le dijera nada, ni que sintiera su marcha. Y la gente que quedaba en el pueblo, en su pueblo, a la que nada había hecho y que lo habían querido matar. Es fácil que llevara grabadas en el alma las caras de odio que había visto.

 

 

 

         Ese mismo sábado, con el mandamiento de detención por asesinato expedido en Valdelacasa, pernoctó en el juzgado de instrucción de Béjar. Al día siguiente, domingo 25, el mandamiento es elevado a prisión e ingresa en la cárcel en prisión preventiva. El miércoles día 28 es ratificada la prisión preventiva y se escribe el primer certificado de conducta, resultando que ésta era buena, que Guiñote tenía buenos antecedentes.

         Julián quedó en la cárcel de Béjar, después de prestar todas las declaraciones que se le pidieron, a la espera de que viniera la orden de traslado a la de Salamanca y del juicio. Le decían que lo iban a condenar a muerte, al  garrote vil, sin ninguna; que no se iba a salvar porque lo cogía todo: nocturnidad, alevosía, desprecio de sexo, que casi era lo peor, y, sobre todo, que era pobre.

 

 

 

         Una vez traspuesto el detenido, camino de Valverde en dirección Béjar, los vecinos de Valdelacasa fueron apagando su ira. Trocaron la rabia por un progresivo pesar; un inmenso vacío donde no quedaba más que dolor y la pobre Dionisia por enterrar. Aunque aún se oyera que debían haberlo matado, que lo iban a meter en la cárcel y dentro de nada estaría fuera. Algunos opinaban que del garrote no había quien lo librara. Quedaron corros de comentarios en voz baja. Todo reciente y con las ampollas demasiado vivas. Como si a la vida le hubiera dado por detenerse y ya no quedara nada.

         Pero en los pueblos el dolor se acalla metiéndolo entre las entrañas. Porque ni pueden ni saben estar mano sobre mano; porque no entienden de duelos, ni de rabias. Han de morderse la lengua y seguir mirando al cielo.

         La gente empezó a circular en dirección a sus propias casas; se llegaba a rezar un rato a la casa concejo, o a la de los amos, o a la del Solanillo.

         En los días siguientes, ya enterrada Dionisia, tanto El Adelanto como La Gaceta Regional continuaron informando a sus lectores sobre el horroroso crimen de Valdelacasa; con más amplitud de detalles cada día, una vez que los corresponsales se habían documentado más ampliamente en el juzgado de Béjar y con las declaraciones del forense.

         Bienvenido Moreno, bautizado Nicolás y añadido el Bienvenido el día de su Confirmación, era un joven abogado de Valdelacasa. Era también de familia rica, de otra rama de las muchas en que se desgajaban los Morenos. Guardaba una relación, cuasi familiar, con la propia familia de la muerta, porque tía Emilia, la madre de Dionisia, lo había criado de leche cuando recién nacido, en la Navidad de 1893. No era nada raro que las mujeres, al poco de parir  y dada la mortalidad infantil de la época –y sin ella, en el caso de los pobres-, amamantaran a los hijos de los ricos, lo que suponía un sobresueldo a corto  y a largo plazo. En último caso porque quedaba el buen trato y acaso, en un momento dado, el privilegiado de la fortuna a lo mejor se acordaba de la leche que había mamado de pequeño. A Emilia Merino García se le murió su hijo Inocencio, el que seguía a Dionisia, y sus calostros los aprovechó Bienvenido Moreno. Además, la hermana pequeña de Dionisia, Germana Miguel Merino, por entonces de poco más de veinte años, había empezado a hacer oficios en la casa de la madre  del letrado, la señora doña Filomena Rodríguez. Razón de más para que tuviera él que llevarse bien.

         Bienvenido, como experto legal, se encargó de aconsejar al tío Sebastián Miguel Ramos, Culique, lo que tenía que hacer en lo referente al papeleo. Los pasos que habría de dar y los certificados que firmar.

         No solamente aconsejaba, sino que además se preocupó de dejar públicamente en buen lugar el nombre de Dionisia. Pasada una semana desde el día del crimen, el siguiente viernes 2 de marzo, publicó en El Adelanto un artículo laudatorio que constituyó el cierre hemerográfico del caso:

 

         Desde Valdelacasa

 

                   Valdelacasa acaba de ser teatro de un suceso macabro, de un crimen          repugnante y odioso, y el que ya conocen los lectores del Adelanto.

                   Nosotros, hijos de Valdelacasa, no podemos sustraernos, ante suceso   tan horrendo, ya que conocimos muy bien a los protagonistas de tan execrable      drama.

                   Hoy Valdelacasa está consternada ante la muerte violenta de Dionisia      de Miguel.

                   Nada de elogios póstumos, ni alabanzas inspiradas en el dolor.       Hagamos todos la justicia, y nuestra palabra será considerada como timbre    parcial y justo.

                   Dionisia Miguel, una muchacha bella, simpática, hacendosa, estuvo          hasta su muerte al servicio de una familia bien acomodada de Valdelacasa,          catorce años sin una queja por parte de sus dueños: ni el tiempo transcurrido, ni las confianzas de sus amos, llegaron a crear nunca en Dionisia, abandono    de sus deberes. Siempre solícita y atenta con los niños, para los que era muy    cariñosa, llegó a ser, dentro de aquel hogar, la continuación de afectos y          cordialidades de una hija de la casa.

                   Julián Blázquez, apodado <<Guiñote>>, soltero y de cuarenta y tantos          años, hombre de escasa estatura, y de figura poco recomendable, también era          servicial, y oímos decir que no solía ser muy laborioso en casa de sus amos.

                   El crimen ya es conocido. El día veintitrés del actual, entre siete y media          y ocho de la noche, se encontraba la Dionisia en un establo llamado Molino,          donde fue el Julián Blázquez, candando las puertas, y después con un palo          triangular le causó siete heridas en la cabeza a la Dionisia, rompiéndole la          cavidad craneana, las meninges, interesándole también la masa encefálica,          arrojándola después a un pozo que existía en dicho establo.

                   Las circunstancias que rodean al hecho, de un salvajismo sin límites,       nos vedan dar al público, en toda su crudeza, la escena desarrollada entre el          criminal y la víctima, que prefirió la muerte al deshonor.

                   Valdelacasa llora hoy la muerte de Dionisia Miguel, por las bellísimas          prendas que la adornaron, por lo buena que fue siempre, por las circunstancias          de indefensión que velaron su trágica muerte.

                   Nosotros sentimos mucho esta horrible tragedia, pedimos para la  víctima el premio a sus virtudes, y al mismo tiempo que el pueblo, contristado,        recobre la serenidad perdida.

         B. Moreno

 

 

         Los que pudieron leer el artículo –los pocos que sabían leer y los contados a quienes llegaron las páginas de El Adelanto –opinaron que había que ver lo bien que hablaba Bienvenido. Un hombre que, aparte de capaz, era osado; cuentan que, cuando estaba estudiando, hasta hablaba con los profesores por la calle y todo.

         El joven abogado se vio definitivamente elevado a la categoría de don, tanto por el artículo escrito –pleno de sabiduría y bien decir-, como por la propia carrera que llevaba –llegaría a magistrado del Tribunal Supremo de Madrid y a tener una placa por ello en una de las calles de su pueblo-, así como por la familia a la que pertenecía. Tres razones más que suficientes por sí solas para acceder a todos los <<don>> necesarios.

         Además de opinarse que don Bienvenido era muy listo por cómo se expresaba, dijeron que tenía razón, que era necesario mantener la serenidad, que el alboroto y los nervios desatados no iban a resucitar a Dionisia.

 

 

 

         El pueblo no había recobrado, ni mucho menos, la serenidad perdida cuando llegó el tío Sebastián, el ciego de Valdefuentes. No habrían pasado ni quince días. El tío Chan era el ciego cantor del partido de Béjar, con lo que tenía a su cargo el noticiario de toda la zona sur de Salamanca. Aunque compartiera su peregrinaje con el ciego de Calzada, con el de Miranda del Castañar y con el de Las Mestas, este último ya en la provincia de Cáceres. No quiere ello decir que no hubiera más ciegos por esta parte del mapa, sino que los mencionados eran los que se dedicaban a ir cantando las coplas propias. Los cuatro eran compadres y artistas, cada uno hacía sus cantares y luego se los intercambiaban sin exigir derechos de autor.

         Sebastián recorría los pueblos de la sierra con una guitarra a cuestas  y apoyado en el hombro de su hija Verónica. Juntos cantaban las coplas que el ciego componía, o las de sus compadres, y así se ganaba la vida. A base de limosnas, de monedas tiradas a sus pies, que la muchacha se apresuraba a recoger, de la venta de los pliegos o de un bocado para comer. La gente que pasaba por las plazas y torales se desprendía de unas perras al oírlos cantar y muchos compraban sus coplas.

         El ciego de Valdefuentes ignoraba que lo que él hacía fuera pura y llanamente literatura de cordel, que no estuviera sino continuando la rancia tradición de los cantares de ciego, cuyos comienzos se perdieron en la noche de los trovadores medievales. Él tan sólo sabía que era invidente de nacimiento y que por su defecto físico le resultaba imposible sobrevivir como un ciudadano normal: de jornalero en casa de de los ricos o de arriero. Como no por ello carecía de una familia a la que alimentar, pues se dedicaba a cantar y a componer sus propias coplas.

         Los cantares que repetía Sebastián por los pueblos y caminos del sur de Salamanca, eran de todo tipo y condición. Los había que se referían a viudas alegres, para los que pensaba una rima pícara y festiva;  a riñas por herencias, un soplo al corazón humano que mira más por los intereses que por el amor; a hijos desagradecidos, que le salían moralistas y quejosos; a novias ricas que se escapaban con amantes pobres, y en Valdelacasa mismo tendría oportunidad de referir el caso de una Moreno que se enamoró de un pobre y tuvo que escapar de casa porque no la dejaban verlo. Asuntos éstos que le ofrecían la ocasión –la única ocasión- para vapulear la miseria de los poderosos.

         Sin duda ninguna, el tío Chan tenía bien sabido que los cantares de más éxito de ventas eran los versados en crímenes y matanzas, para los que utilizaba un tono desgarrado y casi apocalíptico. Con los otros, los oyentes se regocijaban y aplaudían, pero con los que narraban historias de sangre que causaban espanto, se sobrecogían y acababan comprando la copla. Por ello, el ciego de Valdefuentes  andaba con las orejas atentas a donde hubiera un suceso sangriento: porque para él constituía una mina.

         El proceso de recopilación de datos  y detalles era harto sencillo: cuestión de personarse en el lugar, si quedaba cerca de Valdefuentes –no se puede olvidar que los viajes los hacía, la mitad  a pie, el resto andando-, y si no, a escuchar  a los viajantes, arrieros  y comerciantes. Como el tío Chan era de verbo ágil y avispado, ello unido al oficio que tenía a las espaldas a fuerza de pisar  caminos, no le costaba nada ir enhebrando versos. Una vez que las rimas quedaban de manera aparente, poniendo cuidado de que el suceso quedara explicado con gracia sin herir a nadie –ensalzar a la víctima y afear la conducta del criminal-, no quedaba más que llevar lo escrito a la imprenta de Béjar, para que lo pasaran a letras de molde.

         Con el crimen de Valdelacasa, el tío Sebastián siguió idéntico proceso; al fin y al cabo era el que conocía y le daba buen resultado, buena gana de andar cambiando. Como los dos pueblos, Valdelacasa  y Valdefuentes, estaban cerca y con vecinos intercambiados, no le fue difícil reunir las razones suficientes. La imprenta tiró el crimen de Julián el Guiñote en hojas de color verde y las compró todo el mundo. Supieran o no leer, pocos ahorraron el real. El cuento de Julián y Dionisia había calado lo suficiente hondo como para que nadie se quisiera quedar sin el recuerdo impreso.

         Los únicos que no compraron la copla fueron los familiares más directos de la víctima. Germana, una vez que oyó recitar al tía Chan, no pudo reprimir la congoja y se fue a su casa llorando.

         Como la mayoría de las composiciones referidas a acontecimientos donde entraba en juego el crimen, la de Valdelacasa comenzaba con un encabezamiento en el que, después de saludar y pedir licencia a los oyentes, se informaba con mucho sentimiento del lugar, asegurando que lo que a continuación se relataba al mismo narrador causaba espanto:

 

                            En el pueblo de Valdelacasa

                            de Castilla muy honrado

                            ha ocurrido un suceso

                            que miedo causa explicarlo.

 

         No tuvo dificultad alguna a la hora  de enterarse con pelos y señales de lo que había ocurrido entre el llamado por mal nombre Guiñote y la pobre Dionisia. Todos cuantos hablaron con él le aseguraron que eran ellos los que mejor podían contarlo todo, puesto que lo habían visto. A la hora de informar  a un extraño, puede ocurrir en los pueblos o que nadie sepa nada, o que esos mismos se vayan al lado opuesto y aseguren que presenciaron el crimen.

         Aunque hubiera distintas versiones, algo inevitable, acerca de si fue a una hora u otra, de si le dijo antes esto o aquello, en lo esencial coincidieron: no había más que una desgraciada víctima frene a un sátiro sin escrúpulos. No hizo falta que oyera a los familiares más próximos ni a los testigos presenciales. Aparte de que el ciego de Valdefuentes procuraba evitar a la familia porque, además de no explicarse muy fielmente, solía no querer recordar, y él eso lo respetaba mucho.

         Al igual que el resto de los ciegos de su condición, Sebastián era respetado en los sitios por donde pasaba, tanto por su incapacidad física como por lo que iba vendiendo. Una diversión para una sociedad que pocas oportunidades tenía de entretenerse. Si acaso los titiriteros, que aparecían de vez en cuando los veranos; o algunos comediantes, más raro, que iban a echar un sainete después de que el cura del lugar les aprobara el libreto. El resto era aislamiento cultural, mirando al cielo y dándole vueltas a la oscura vida, sólo esperando que llegara el baile del domingo o las fiestas de septiembre. No existía  otra alternativa. La radio no la tenían ni los ricos, los periódicos no llegaban y los libros no hacían falta ninguna porque no había tiempo para leerlos.

         Eran los ciegos, pues, quienes llenaban los vacíos, divirtiendo o angustiando según el tema de sus cantares. Y por eso se les veía bien. Unas visitas que se agradecían, y más teniendo en cuenta que el de Valdefuentes contaba los chascarrillos con verdadera gracia.

         Aparte de lo de las coplas, era mañoso y hacía de zapatero. Como siempre estaba en tinieblas, igual podía remendar de día que de noche. Estaba una vez a la puerta de su casa pegando unas medias suelas, ya entrada la noche, cuando acertó a pasar por allí una moza inocente y dispuesta:

         - ¿Cómo anda usté trabajando a estas horas, si no se ve nada?

         - ¡Pues tienes razón, hija: podías alumbrarme!

         Y allí tuvo un buen rato a la moza pazguata dándole luz con un farol hasta que acabó la tarea.

         Tenía reflejos y era listo porque conocía perfectamente sus límites. Él procuraba no pasar la raya de lo que le pudiera acarrear disgustos. Sabía que existían estamentos a los que era preferible no tocar: la iglesia y los ricos. Si se hablaba de ellos, que fuera de una manera solapada y tangencial, para que quedara clara la inocencia de la intención.

         Así se explica que, en el romance sobe el crimen cometido en la persona de Dionisia Miguel, prefiriera no hacer mención al aguardiente. Como se castigaba a los destiladores particulares a la vez que se perseguía la posesión de las alquitaras privadas, y como si así lo hubiera reseñado, habría tenido que mencionar a los poderosos Morenos, en lugar de relatar que aquella fatídica noche Dionisia estaba destilando residuos de vino para la consecución del alcohol, compuso que estaba cociendo para los marranos. Y se quedó tan ancho. Qué más le daba a él.

 

                            Estando Dionisia en un portal

                            cociendo para unos cerdos

                            ha venido Julián

                            estas palabras diciendo…

 

         Así, teniendo cuidado con lo que se podía decir y con lo que no, vivían los ciegos sin mayores sobresaltos.

         El de Valdefuentes estuvo una vez a punto de tener que lamentarlo en el puente de Béjar, cuando estaba cantando las coplas del Campillo, un pueblo de al lado de Guijuelo. El romance trataba de una pareja de novios, ella rica y pobre él, que se suicidó tirándose al mismo pozo porque la familiar de ella no los dejaba casar. Como Romeo y Julieta en rural y charro. El tío Sebastián declamaba rasgando la guitarra cuando se le acercó uno de Campillo, precisamente familiar de la novia:

         - ¡Eh, haga el favor!

         - ¿Quién me habla?

         - No quiero que se vuelva a cantar esa copla.

         El ciego se dio cuenta de que se le acababa el condumio, pues quien le hablaba podía venir con malas intenciones, pero aguantó el tipo y aún tuvo arrestos para defenderse. Salidas a tono no le faltaban:

         - Pues mire usted, buen hombre: yo así es como me gano la vida, así que, si no quiere que las cante, mejor sería que me las comprara.

         - Venta pa`cá todas.

         Y, en efecto, se las pagó. No siempre había tenido la suerte de hacer negocio tan rápido sin salir trasquilado.

 

 

 

         Las coplas circularon largo tiempo, igual por Valdelacasa que por todo el sur de la provincia. Hasta en el norte de la de Cáceres se conocieron, recitadas allí por el ciego de Las Mesetas.

         A la vera de la lumbre, las conversaciones seguían girando en torno a Guiñote, que se pudría en la cárcel, y la pobre Dionisia, que lo hacía en el cementerio. Pero aquella tarde del viernes 23 de febrero de 1923 se fue quedando atrás en el tiempo porque la vida continuaba; seguían naciendo y muriendo personas y el crimen era un mal sueño pasado, común a todos los vecinos, que era mejor olvidar.

         De la noche a la mañana –no habían pasado más de cuatro meses desde la tragedia-, el personal se enteró de que Germana Miguel Merino, la hermana pequeña de Dionisia se casaba.

         La moza había andado algo mala de una pierna y nada más recuperarse se casó. Algo sí extrañó la precipitación de la boda, habida cuenta de lo reciente que estaba la muerte en aquella casa de la calle el Solanillo y de los largos años de luto que guardaban las mujeres por esas tierras. Pero la verdadera extrañeza fue saber quién era el novio. Se trataba de Casto Matas Rodríguez, el mozo de San Medel que había sido novio de Dionisia hasta su final violento, el mismo que indirectamente había encelado a Guiñote.

         Fue visto y no visto, porque los esponsales se celebraron en secreto. No hubo ni amonestaciones, ni tornaboda, ni festejos, ni comilona, ni tamboril. Muchos vecinos ni se enteraron hasta que ya estaban casados.

         Se conoce que las familias quedaron unidas por la desgracia, que se siguieron tratando y en confianza; que no había tampoco mucho donde escoger y que los dos eran pobres  (eso de que un rico y una pobre se enamoren no se da todos los días, casi cosa de novelas; por eso los ciegos cantaban esos amores, que si fueran comunes no les harían caso). Ya que había entrado Casto Matas en casa del tío Sebastián Culique y de la tía Emilia, buena gana de salir. Al fin y al cabo Casto y Germana, la Culica, poco más y podrían hacerlo como marido y mujer.

         Germana, aunque bastante más joven que Dionisia, también era peor moza que lo había sido su hermana, más bajita y regordeta. Pero probablemente a Casto Matas le diera algo de apuro volverse a San Medel de vacío después de hacer el viaje; a él le habían dicho, y él mismo tuvo ocasión de comprobarlo, que esa familia era buena gente.

         Y cogieron y se casaron.

         Muchos vieron mal el matrimonio: por lo reciente de lo otro, por eso de morirse una hermana de esa manera y casarse el novio con la otra tan en seguida; por lo del luto, porque parecía un arreglo muy artificial. Qué sabría la gente.

         Las malas lenguas empezaron a tener tema de conversación: que si como Casto estaba algo tocado había estado haciendo a la una y a la otra sin ningún respeto; que si se casaban por el método de la prisa para ocultar un prematuro embarazo vergonzante; que si fallando la una, vendieron –o compró- a la otra. Ácidos argumentos para todos los colores, aprovechando la desgracia para relacionarla y sacarle punta. Muchos coincidieron en que casorio así no iba a acabar bien. Como luego sucediera que la pareja anduvo separándose, ya algún tiempo después, y que Casto se amancebase con otra, con la que tuvo una niña, yendo con las dos a vender sardinas a Valdelacasa, los mal pensados hincharon pecho diciendo que buena razón tenían ellos cuando dijeron que aquello tenía que acabar mal.

         No deja de ser raro tan rápido matrimonio, pero tampoco tenían por qué tener razón los mal pensados, que nunca faltan.