VALDELACASA-SALAMANCA

Capítulo I

 23 DE FEBRERO DEL 23

   De la casa del Guiñote no queda más que la huella del solar; ni paredes, ni techos, ni piedras, ni cimientos. Tan sólo un rectángulo de dos metros y medio de ancho por siete de largo en un pobre callejón. En sesenta y un años ha dado tiempo de sobra a que se  convirtiera en establo de animales, a que se cayera de puro abandono, a que se fueran llevando los materiales y a que casi se olvidara su último morador.

     En aquel tiempo pertenecía a esos que llamaban Garzas, que para nada la utilizaban dado lo reducido del habitáculo. La había ocupado, hasta que se murió, una viejecita pobre, limpia y chiquitina: la tía Rosina, que vivía sol y de pedir. Luego se la dejaron a Guiñote, un poco por caridad y otro por los servicios prestados. Después de pasar lo que pasó llegó a ser establo para bestias. Hasta que esa gente rica la acabó vendiendo al Ayuntamiento porque estaba a la trasera de la casa concejo. Siendo propiedad municipal se acabo de caer, y  la alcaldía de Valdelacasa terminó vendiéndola con toda la casa concejo cuando se construyó el nuevo edificio. Y así está ahora: un solar vacío, un rincón deshecho en el centro del pueblo donde los niños juegan al escondite. Puede que alguien se acuerde y comente:

 - Ahí vivió  Guiñote.

    La mañana de aquel viernes, 23 de febrero del año 23, amaneció en Valdelacasa  tan desapacible como las de toda la semana. Se había instalado entre la sierra de Béjar y Guijuelo un temporal que soltó agua a manta; y no se veía que tuviera pinta de escampar. En el pueblo lo sabían de sobra: Aire serrano, agua en la mano. En realidad, toda la provincia de Salamanca sufría los vientos del sudoeste, que eran los que traían lluvia. Aquel día de febrero no fue más que uno de los ochentaiseís en que llovió.      

    Con semejante tiempo,  había gana de cualquier cosa menos de salir de casa; y si no hubiera nada que hacer, como para quedarse en la cama.

 

           Julián  Blázquez Redondo, mas conocido por Guiñote, era de los que nada tenían que hacer. Vivía solo y nadie lo había avisado para jornal alguno, pero a pesar de ello se levantó a eso de las nueve. No es que mirara la hora, que reloj no tenía, ni en el bolsillo ni en ninguna pared de la  casa. Lo que ocurría era que en los pueblos, acostumbrados a madrugar y a acostarse pronto, una vez  amanecido ya el cuerpo pedía reballo.

 

          Julián  hizo lumbre como todas las mañanas por mirar de sacar el frío del cuerpo. Luego se puso a desayunar por entretener le tiempo: un mendrugo de pan y un buen trago de agua para encandilar el organismo. Probablemente se asomara a la puerta a echar un vistazo al cielo encapotado.

 

 

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 

 

 

        

 

 

      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   

         

        

       

        

        

        

 

        

  

   

 

   

    

 

En aquel pueblo había una moza
que a todo el mundo encantaba,
su vida y su amor
y su profesión humana.

 De Julián Blázquez Redondo, mucho más conocido por Guiñote, nada decía la copla. Ni nadie decía tampoco nada. Sólo escarbando y preguntando directamente se oía que era trabajador en la medida que sus limitaciones físicas se lo permitían; que no se metía con nadie, con lo que ni era pendenciero ni buscaba jaleo. Callado, de su casa a donde lo llamaran; sin una voz más alta que otra. Le gustaba ir a la taberna, pero no para bebe, sino para estar cerca de la gente y oírla. Señal inequívoca de que se le tenía como un cero a la izquierda. No le concedían ni la mala ni la buena fama: y era un desprecio esa ignorancia. Luego que la gente no lo miraba bien, porque era muy poca cosa, pobre y poco agraciado.

   Dionisia no era de las que lo miraran mal, acaso porque siempre lo vio como compañero y no como hombre. Aunque él ya no continuó de fijo en donde Filomeno Moreno Hernández –tan sólo iba temporalmente- ella lo siguió tratando. El trabajar en la misma casa es una cosa que une mucho, es otra forma de parentesco. A veces compartía su propio rancho, le daba algo de conversación, cierto es que no mucha, porque ninguno de los dos era de mucho hablar, y hasta lo agasajaba con miramientos.

   Y Julián tan contento de contar con un alma amable que incluso no parecía mirarlo con malos ojos. La gente sabía de la amabilidad de una y de la necesidad de atención del otro, así que se aprovechaba y lo embromaba:

 - Bueno, Julián, y lo de la Dionisia ¿pa cuando?
 - Por mí cuando ella quiera.

     A Dionisia también repreguntaban, pero ella se reía y siempre contestaba que estaba bien como estaba, que no le hacía falta nada más y que todo eran habladurías. Lo de reírse y lo de las habladurías, lo repetía mucho. Probablemente no quisiera ridiculizar a Guiñote y por eso se reía en lugar de poner las cosas en su sitio.

    Julián Blázquez Redondo seguía esperando sin forzar, sin preguntar nada  a la interesada y sin prisas. Esperaba que todo acabara saliendo; la teoría de los hechos consumados. Seguramente había empezado a pensar en casarse con Dionisia porque la gente lo embromaba y le preguntaba. De lo contrario, hasta él mismo habría seguido a su vera sin más. Tan a gusto como estaban. Y se podían haber hecho viejos los dos así, tan sin decirse nada, ambos solteros, cada uno en lo suyo. Pero apareció el de San Medel y todo cambió.
    Aquel 23 de febrero de 1923, lluvioso y desapacible, se cumplían apenas cinco meses desde que había llegado al pueblo Casto Matas Rodríguez, mozo de San Medel, aldeíta a poco más de tres kilómetros de Valdelacasa. Curiosamente, Casto era hijo del ciego de esa aldea y nieto de la tía Rosina, la mujeruca que había vivido en la casucha de Guiñote antes que éste. Son las coincidencias del destino.

   Casto sabía que existía una moza, Dionisia, que era hacendosa, de buenas costumbres, soltera y sin compromiso, de buen ver como él mismo había tenido ocasión de comprobar , y criada de una casa rica. Lo de la religiosidad le importaba menos. No necesitaba más para hacerse a la idea. Abordó un día a la moza y le habló de relaciones.

- A mí no me parece mal –contestó Dionisia. Y fue como aceptar.

   El siguiente paso de Casto Matas Rodríguez fue hablar con Sebastián Miguel Ramos,  padre de ella y quien, al fin y a la postre, iba a decir la última palabra. Al tío Sebastián, Culique, desde su cojera y el convencimiento de que su segunda hija se le quedaba para vestir santos, se le encendieron los ojos. Aunque mantuvo las apariencias y no dejó traslucir emoción alguna. Se limitó a decir lo que hubiera dicho cualquier padre en parecidas circunstancias:

- Todo habrá que andarlo. En esta vida todo tiene remedio menos la muerte.

 - En eso sí que no le falta a usted razón –contestó Casto; aquello era tanto como dejar las puertas abiertas al entendimiento.

   A Sebastián Miguel Ramos no le faltaban razones para pensar que Dionisia se le quedaba soltera: había sido algo escogida y se le pasaba la edad. Después de haberla querido casar con su yerno viudo, el tal Cascarilla, y de haber rechazado al Benito, pocas oportunidades le quedaban ya.

   En los primeros tiempos, el mozo de San Medel –poco más alto que Guiñote, aunque más fuerte y algo mejor plantado- empezó a pasear la carretera con Dionisia algún domingo que otro. Más tarde se iba al oscurecer a estarse un rato con ella a la puerta de la casa de los amos. Hasta que pasados los días razonables y con motivo de que se encontrara el tío Culique con la pareja pelando la pava a la puerta de Filomeno, aquél le dio la entrada.

- Podéis pasar un rato por casa cuando queráis.

   A partir de aquel día se empezó a hablar de familia, de compadreo y de casorio.

     La aparición de Casto Matas Rodríguez constituyó un duro golpe para Julián. Maldito el día en que se le ocurrió asomar las narices por Valdelacasa. Encima, mozo más joven y de mejor ver: era bajetillo y fuertote, pero no tenía chepa, ni las piernas tuertas.

    A Guiñote se le empezó a enturbiar la mirada. Si solitario había sido antes, más se fue quedando. Entonces sí que miraba por los rincones, por las puertas entreabiertas, se asomaba a las esquinas; probablemente ya, no porque lo mandara uno de los <<sacaores>>, sino por él mismo, buscando la razón de su mala estrella. Se preguntaba si no tendría él algo de culpa por no haberle hablado a Dionisia más claramente y de frente. Lo que ocurría era que le costaba hablar las cosas, tan apocado era y tan creído de que todo caería por su propio peso. Además, como nunca nadie le había consultado ni preguntado nada, no sabía él tomar ninguna iniciativa.

   Las circunstancias cambiaron radicalmente, así que era preciso andarse listo si no quería quedarse compuesto y sin novia. Puso en juego todo el arrojo de que disponía y se encaró un día con Dionisia:

- Así que te vas a casar con un mozo de otro pueblo y no te casas conmigo le dijo no sin cierta torpeza en las formas.

- To, tú nunca me lo has preguntao –contestó la mujer para salir del paso.

   Aquello fue como un mazazo para Guiñote. La puñetera cortedad. Si se hubiera decidido antes, todo eso que tenía andado. ¡Ni los quebraderos de cabeza que se habría ahorrado! Así que dispuesto a no perder acaso la única oportunidad que se le presentaba, pidió explicaciones  amorosas:

- Pues ahora te lo pregunto.

    Dionisia Miguel Merino tenía práctica en lo de hacerse la tonta. Hizo como que no había oído, como haciéndose de rogar, jugueteando. Lo miraba desde sus ojos miopes y probablemente le pareciera  más poca cosa de lo que en realidad era, más chepudo y más cojitranco:

- ¿Qué es lo que me preguntas ahora?

- ¿Qué si te casas conmigo?

- A buenas horas.

   Lo que Julián interpretó como un sí es no es, un puede, un depende o un ya veremos que todo se andará. Cada uno entiende a la medida de su conveniencia.

  La copla, después de lo que pasó, interpretó este diálogo de otra manera. Ya se sabe que el personal cuenta la feria según le va en ella, y en lo tocante a los romances, se cambia lo que haga falta  con tal que cuadre con el sentir popular.
Así que te vas a casar
con un mozo forastero
y no te casas conmigo
 

   A lo que contestó  la mujer con mucho salero y  de modo muy diferente a lo comprobado:

Cómo tú eso me hablas
Siendo como eres

el mozo más viejo
de todo Valdelacasa

   Julián el Guiñote inició entonces una táctica abiertamente opuesta a la seguida hasta entonces. Si antes dejaba venir las cosas, ahora iba por ellas. Por eso se lo preguntaba cada dos por tres; embromaba, pretendía ser gracioso, casi audaz. Se afeitaba con más frecuencia y se empezó a remeter la blusa por dentro del pantalón tras un imposible aire juvenil. Si solía ser aseado en el vestir, empezó a estar casi atildado.

    La contraria  nunca le decía ni que sí ni que no: se dejaba estar. Dionisia estaba plena de dicha al sentirse pretendida por dos hombres a la vez. Pocas podían decir los mismo, y precisamente en el momento en que los más la daban por desahuciada. La gente mucho decir que se iba a quedar solterona, y dos a por ella. Ni siquiera se paraba a pensar que lo de Guiñote no tenía mérito.

     Indudablemente ella estaba por el forastero Casto Matas, lo mismo que la familia y que los amos. Es que estos últimos ni siquiera habían reparado en Guiñote, ni lo consideraban partido de nada. Julián era tan poca cosa que ni se le tenía en cuenta. Sólo que la mujer, al estar ya algo pasada de edad, quizá en su fuero interno se sintiera halagada de que dos le buscaran las vueltas.

            Para la moza, la llegada de Casto fue como un milagro, un sueño del que se tiene miedo a despertar, no sea cuento  que se desvanezca. Casi nadie se lo creía hasta que no lo vieron entrar en casa. Acostumbrados a ver a Dionisia sola, y encima tan escogida, había quien dudaba si ese Casto no daría la espantada. A lo peor ella tampoco se lo creía del todo y por eso no despachaba contundente y definitivamente a Julián. Un hombre no deja de serlo, y más de cuatro veces se habrían hecho apaños si no fuera por las habladurías. Lo que ocurre es que la gente es murmuradora de por sí y lo que no le parece bien es además imposible. Lo mismo pueden construir una historia a base de comidillas que matarla antes de que empiece.

   Los criados de Filomeno Moreno Hernández hacían la vida en el Molino. Era  éste un local inmenso, como correspondía a una casa del empaque de los Morenos: grande y con muchos acomodos. Se trataba de una superficie de unos setecientos metros cuadrados, en sus tres cuartas partes techada. Un rectángulo orientado de este a oeste con sendas pertas a sus extremos que comunicaban con otras tantas calles.

    La puerta del este, la más cercana a la vivienda de Filomeno, daba entrada al establo, con sus compartimientos para el ganado para el ganado, desde el vacuno al mular. Porque Filomeno, daba entrada al establo, con sus compartimientos para el ganado, desde el vacuno al mular. Porque Filomeno Moreno Hernández era también tratante de mulas. Las compraba en Castilla, las recriaba y las vendía en Extremadura o Andalucía. Había terreno suficiente en ese lado para meter un buen número de cabezas. Y aparte de los acomodos para los animales, había un espacio perfectamente cubierto y delimitado en el que los criados faenaban en el tiempo malo.

    Al otro lado, el del oeste, había un gran cabañal abierto. Allí no se podían tener animales porque se producían muchas corrientes de aire. Lo único, un cebadero de cerdos, al que le habían puesto el piso de lanchas de piedra y cuadras a propósito. El  resto del espacio de este lado se empleaba para meter los carros, algo de leña y heno en la parte de arriba.

    Ambas mitades se comunicaban por un corral común al descubierto, en medio del cual había un pozo: el brocal cuadrado y de un metro de lado; sobre la pilastra de piedra un arco de hierro, en cuya curva estaba la carrucha para sacar el agua del pozo.

   Esto de tener el agua en el mismo corral era un regalo: igual se podía lavar que cocinar  cualquier cosa. Claro que el verdadero regalo era tener un local como aquél.

    Dionisia Miguel Merino se pasaba los ratos enteros en el Molino, que allí nunca le faltaba  tarea; cocía para los marranos, lavaba, cortaba leña. Si hacía frío, como aquella mañana de febrero encendían una buena lumbre por dentro del tejado. No había peligro alguno de que las llamas, por altas que fueran, llegaran al techo.

     Aunque se llamara Mollino, no existía allí ningún molino. Conservaba el nombre porque, en tiempos, hubo uno de los de sangre –una mula dando vueltas según un sistema parecido al de la noria para sacar agua-. Fue  quemado y parece ser que intencionadamente, aunque nunca se supo por quién. Seguramente algún malquerer, cierto rencor, una venganza a cuenta de un abuso. Quién sabe.

    A mediodía de aquel viernes, 23 de febrero de 1923, continuaba lloviendo. Dionisia Miguel Merino y Ricardo García Izquierdo daban cuenta de su condumio a la vera de la lumbre. La parte de este del Molino era la que más se utilizaba y en el amplio espacio que quedaba en medio, entre los establos de uno y otro lado, era precisamente en donde andaban los criados. Tenían hecho un cercadito con piedras, de cómo un metro de diámetro, en el que hacían el fuego. Dionisia lo había encendido desde por la mañana. Cuando se hizo hora de comer llegó Ricardo  y ella se fue a buscar la comida a casa de los amos.

    Si hubiera hecho bueno, se habrían puesto en medio del corral, junto al pozo. Pero como no dejaba de caer agua, estaban dentro. El humo se perdía en las alturas, por entre las vigas, a sus buenos cuatro metros del suelo. De vez en cuando se metía el aire de lleno por el cabañal y traía entre sus pelos gotas de agua hostigada.

    El rancho era el de la mayoría de los días: un puchero de patatas meneadas compuestas con un pedazo de tocino y un relleno. Y tan contentos, de tener un plato abundante  y asegurado.

     Los dos criados comían directamente a cucharadas del puchero. Entre bocado y bocado, con la boca llena, Ricardo sonsacaba a Dionisia acerca de sus amoríos:

- Pero vamos a ver, ¿lo de ese San Medel tiene arte de ser cierto o no?

- Mira que serás preguntón.

- Como la gente habla tantas cosas…

 - Más le valiera a la gente meterse en lo suyo.

- Pero va o no va pa’lante.

- No va a ir –concedió por fin la mujer.

-Entonces lo de Guiñote… -aventuró maliciosamente Ricardo, que no hablaba mucho, pero cuando se trataba de embromar a la gente aprovechaba cualquier ocasión. Lo mismo le tenía que fuera uno o se tratara de la otra. Los cogía por banda y se hacía el encontradizo para preguntarle por sus relaciones. De sobra sabía él que nada había.

   Dionisia prefirió no contestar. Conocía las costumbres de Ricardo y como le diera por la broma tenía para rato. Sólo que no era precisamente de los que se dieran por vencidos.

- Pues él dice que se va a casar contigo.

- Por decir, todos éramos ricos.

   Entonces el criado adoptó un aire entre confidencial y paternalista. En realidad, otra faceta del juego. Una variante, otra manera de seguir con lo que le interesaba:

 - Mira que al final te va a liar. Tú lo tratas bien y lo mismo se engolosina.

-Como todos los leones fueran como ése, poco miedo me daban a mí.

  Las pocas conversaciones que tenían Ricardo y Dionisia, fuera de darse cuenta de lo que estaban haciendo o de lo que les quedaba por hacer, giraban en torno a parecidos argumentos. Ricardo, aunque casado, tenía a veces  gana de juerga y Dionisia era moza, así que toda la chanza giraba alrededor de los casorios; las bromas sobre los pretendientes; las medias palabras, los sobreentendidos, los guiños dialécticos a ton del amor. Tema sólo posible entre un hombre y una mujer de no muchos años y con relativa confianza.

   Estas conversaciones duraban hasta que se morían. No era mucha la vida que tenían. El resto era silencio y comer despacio.

   Probablemente estuvieran callados cuando llegó al Molino Julián el Guiñote. Lo hizo como acostumbraba cada dos por tres quedamente y sin avisar. Siempre daba la impresión de que antes de hacerse presente había estado escuchando detrás de la puerta. Entró por la puerta de arriba, la que siempre estaba abierta, ya que la del oeste se usaba menos. Preguntó si se podía. Dionisia no contestó pero Ricardo dijo que adelante.

- ¿De dónde vienes tu ahora?

- De casa del tío Calama, que me mandó llamar esta mañana.

- Siéntate, hombre, que te calientes –invitó Ricardo.

   Julián se arrimó a la lumbre por el lado del corral y extendió las manos hacia las llamas. Había buenas brasas y se estaba a gusto. Si acaso el aire, que entraba cuando le daba la gana arremolinado volviendo loco al humo; entonces no sabía uno dónde ponerse.

-¿Qué has andado haciendo? –continuó preguntando Ricardo.

- Poca cosa, con este tiempo.

   Dionisia mojaba pan en el mismo puchero de las patatas. Después de haber comido Ricardo y ella, aún quedaban en el fondo unos cuantos bocados. Posiblemente un trozo de tocino, luego de haber destripado una porción en las rebanadas de pan con la punta de la navaja. Sospechando el ayuno de Julián, ella le preguntó si había comido.

- Pues pa decirte la verdad, no.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Anda, come un cacho.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Como no comas, vas a criar buen pelo –dijo Ricardo mientras se escarbaba los dientes con una gajuma.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- No siempre hay dónde –contestó Julián cuando ya engullía de buena gana el primer bocado.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- A lo mejor se ha quedado algo frío. Lo podíamos calentar –intervino agasajadora Dionisia.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- No hace falta –agradeció Guiñote con la boca llena de patatas.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Lo tratas como a señorito: que si te lo caliento, que si ponte aquí. Muchos mimos me parecen a mí pa que sea sólo una amistad.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Menudo guasón estás tú hecho –dijo Dionisia a Ricardo.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Uno, lo que ve, que inventar no me invento nada. Porque, vamos a ver, ahora que estamos aquí en buena armonía –y dirigiéndose a Julián- : ¿Hay o no hay casorio?

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Por mi lo que ella quiera.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Nos ha fastidiao. No sólo es lo que ella quiera. Y tú, a ti qué te parece.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- A mi me parece bien.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Y ella, ¿Qué dice Dionisia?

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Ella no dice nada.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Coño, a ver si no se lo has preguntao.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Eso son cosas que no interesan a nadie. Me parece a mí –Julián se había puesto receloso. Ya le parecían a él demasiadas preguntas para contestarlas  todas juntas. Además, que con Ricardo nunca se sabía, tan pronto le daba confianza en la conversación, como ahora, como lo ridiculizaba delante de la gente.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

Pero Ricardo García Izquierdo tenía mucho aguante. La única plática que le gustaba era la referida a estos asuntos. Después de bien comido, al calorcito de la lumbre y con lo que caía fuera, dónde iba a ir que mejor estuviera. Así que se regodeaba picando a la pareja. Igual le daba que la mujer ignorara solemnemente, al menos desde que venía el de San Medel, a Guiñote como hombre. Como que tampoco se le escapaba que Julián nunca había aspirado a nada, pero que tampoco rechazaba lo que se le cayera. Tan sólo últimamente se había puesto algo gallito. Entre la guerra que le daban los del pueblo y Dionisia, que no lo desengañaba, se había ido creyendo que allí podía hacer el avío. Todo eso lo sabía el criado, pero no estaba dispuesto a perder  el pasar un buen rato. Aunque jugara con fuego, el caso era reírse:

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- ¿Pero tú se lo has preguntao o no? Aquí las cosas claras.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Pues sí señor, se lo he preguntao. Pa que te enteres.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Acabáramos; entonces le has hablado de casaros –continuaba Ricardo, que no parecía tener prisa y sí mucha curiosidad.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

Dionisia no había dicho nada en todo el rato. Ni había puesto cuidado en la conversación, más bien interrogatorio, del criado. Se dedicaba a recoger los cacharros de la comida: el puchero reluciente después de rebañado por Guiñote, las cucharas y el tasajo de pan que todavía sobró. Las bromas de los hombres no eran para seguirlas las mujeres y tarea siempre había mucha en un sitio o en otro. Así que se levantó para irse.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

Agachada la cabeza, dada su cortedad de vista, miraba torpemente el suelo por donde pisaba. Al llegar a la puerta de la calle, tras cruzar todo el cabañal, se volvió para los dos hombres que quedaban junto a la lumbre, sin duda con ánimo de despedirse.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Qué prisa tienes –dijo Guiñote, que quería retenerla. Iba siendo consciente de que no eran muchas las ocasiones que tenía para hablarle. El tiempo se pasa y en esto de los amoríos el que no corre, vuela. No estaba él para desperdiciar nada, que para luego iba a ser tarde.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Anda, anda. Mira cómo la cabra tira al monte –intervino Ricardo, quien seguía a lo suyo obsesivamente.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Menuda pareja estáis hechos –comentó un tanto soñadora Dionisia, al tiempo que abría la puerta de la calle. Aunque se hubiera querido, habría resultado imposible discernir si la ensoñación era por el contento sentido ante el indudable escorzo piropeador de Guiñote por decir algo a la mala leche de Ricardo, o a causa de su defecto visual –Me voy –añadió-, que tengo yo mucho que hacer pa andarme abriendo la boca.

 

 

 

 

 
 
 
 

A las seis de la tarde ya estaba casi oscurecido. Con el tiempo tan caprichoso, era más oscuro que de costumbre. El cielo nuboso trae mucho antes las sombras, como si quisiera perderse cuanto antes en la noche.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

En la casa de los Morenos había el ajetreo de costumbre. Como todas las tardes, entrada y salida constante de criados; la merienda por un lado, recoger el ganado por otro; apazconar, ordeñar y encerrar. En la del tío Gorón, puerta con puerta con la de su sobrino y, sin embargo, yerno Filomeno, coincidían todos los criados. Gregorio Moreno tenía más criados que Filomeno porque era más viejo, porque había más faena de labor en su casa y porque le gustaba tener a la gente que precisara de fijo y de confianza. Lo que pasa es que ser sirviente del tío Gorón era serlo de los otros Morenos, porque mandaba echar una mano donde hiciera falta. Aunque daba igual que fuera en una casa que en otra: en justa correspondencia, cualquiera los podía mandar.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

Allí estaba Julia Rodríguez, de dieciocho años, que se encargaba de las labores propias de una mujer de la época y de la zona: lavar, coser, planchar, fregar, ayudar en casa de Filomeno, que tenía los muchachos chicos; amén de acompañar  en sus ratos libres  a los hombres al campo: al heno, a la leña y a lo que hiciera falta, que para eso era moza y estaba sana. Todo ello por diez pesetas y la manutención. Estaba también el tío Melchor, que trabajaba como todos y que además hacía de mandaero: para decirle a los demás criados lo que tenían que hacer. Y Marcos, uno que venía siendo de Ledrada, de la tía Sansilorera. Y la tía Casilda, una mujer vieja que habían traído de Los Santos, para que atendiera a la mujer del tío Gorón, la tía Manuela, que al estar impedida había que vestirla, cambiarla y darle de comer; la pobre se hacía todo encima. Incluso estaba Adelaida Sánchez, la Palomita, una cojita que entraba y salía de esas casas gordas. Parece que tenía la pierna izquierda atrofiada, que se le había quedado como de niña, sin crecerle. Pocos se la pudieron ver, pero quien lo hizo asegura que tenía el peciecito atado con correas a una pata de palo. La Palomita estaba soltera, vivía vecina de los Morenos y la llamaban para que ayudara a cocinar o cosas así, cuando hacía falta. A veces iba sólo por pasar el rato, aunque no la llamaran. La gente sola se arrima a la caraba.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

Aquella tarde estaban todos en casa porque llovía y por pura coincidencia. No iban a durar mucho juntos porque cada uno tenía que salir a escape a lo suyo. El que era criado ya lo sabía: para que los amos estuvieran contentos con uno, lo mejor era hacer pronto y bien lo que mandaran, lo mismo que lo que no mandaran. Malo, al que sorprendieran mano sobre mano. No hacía falta que se lo dijeran a ninguno: el ocio era sueño cuando se tenían tiempo, si no, ni eso.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

A Julián Rodríguez le mandaron que fuera a ver si tenía que hacer algo la tía Felisa porque Dionisia había ido al Molino.

 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

Entre las muchas faenas que se realizaban en el Molino en invierno, una de las principales era la destilación de aguardiente. Al ser cosa prohibida, se procuraba hacerla de anochecida. Aunque fuera un secreto a voces, las alquitaras funcionaban de noche, más que nada por guardar las formas. Porque siendo asunto de los Morenos, lo mismo podían haberlo hecho a la luz del día: no había cuidado de que nadie fuera a denunciarlos, ni de que un carabinero mirara allí.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

El aguardiente se solía hacer en diciembre, después de que se hubiera escurrido el orujo en los lagares. Mas, como en las casas pudientes había de todo y en abundancia, Filomeno Moreno Hernández acostumbraba a atener unas cubas con mezcla: mediadas de vino y orujo. En febrero precisamente era el momento de cambiar el vino de las cubas, después de haber hecho cuerpo durante el invierno. Y Filomeno aprovechaba las largas noches para hacer unos cántaros de aguardiente. No él, claro está, para eso estaban los criados.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

De la alquitara se encargaba Ricardo. La ponía en marcha al oscurecer, luego iba Dionisia, a la que tampoco se le daba mal, mientras aquél iba a cenar. Después volvía el criado y ya se quedaba hasta las tantas.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

Aprovechaban el rescoldo de mediodía para meter bien de leña y entonces no había más que poner un ramo y soplar. Cuando se hacía borrajo se colocaba encima de las brasas el alambique.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

Muchos días aparecía por el Molino Julián el Guiñote y aquel viernes no había razón para que faltase a la cita. Calculaba cuándo se había ido Ricardo a cenar para estarse un momento con la moza. Se calentaba a la lumbre, le pedía entrada para sus relaciones, ella se reía y estaban tan guapamente. No pasó mucho rato hasta que apareció por la puerta de arriba.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

Llevaba las manos en los bolsillos e iba silbando. Atravesó como una sombra el portal oscuro y se llegó al resplandor de la lumbre que ya ardía con ganas. La única claridad en el local era la proveniente de la fogata y se difuminaba a los pocos metros repartiendo sombras chinescas por las paredes de los establos. A Dionisia el costó un momento saber quién había entrado. Hasta que no llegó cerca y pudo ver la silueta inconfundible no logró conocerlo.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Buenas –saludó el recién llegado.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Ven con Dios –contestó Dionisia.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

Si la mujer hubiera mirado la cara de Julián, o si hubiera habido más claridad en el Molino, probablemente habría visto un brillo especial en los ojillos del hombre. Pero ni Dionisia miró, ni se veía bien, ni Guiñote añadió nada

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- ¿De dónde vienes tú ahora, tan empapao? –dijo Dionisia al fijarse en su ropa calada.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- De pa’hi –fue lo que dijo Julián. Pa’hi, un lugar indeterminado por el que siempre andaba el hombre; igual podía ser una calle, que un corral, que una esquina, que su propia casa o que un huerto.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

Como la mujer ya se hacía a la idea de dónde venía, no preguntó nada más. Guardó silencio y atizaba o tentaba la alquitara por ver cómo iba la cocción.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- ¿Qué tal va saliendo? –dijo el mozo viejo por decir algo. O por empezar a decir lo que traía pensado.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Cómo quieres que salga, pues como siempre. Esto del aguardiente tiene poca ciencia.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

Hubo una pausa de no decir nada, como las muchas que se producían cada día. Sólo que aquella tarde Julián iba decidido a no dejar pasar un día más sin aclarar lo suyo. Lo suyo, obviamente, eran sus pretensiones para con la moza:

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Bueno, Dionisia. Yo creo que tú y yo…

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

Pero la mujer, el pensamiento puesto en otro sitio, no lo había oído. No hay peor cosa para un callado, o un tímido, que no le oigan a la primera y tenga que volver a empezar por el principio.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Que yo quería hablar contigo.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

- Pues tú dirás –dijo Dionisia no muy dispuesta a escuchar, puesto que miraba

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

para otro lado.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            - Yo creo que ya sabes lo que te quiero decir… -Julián empezó a arganear. Como si deseara dar el paso de una vez y, sin embargo, eligiera el camino más largo.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            - Como no te expliques de otra manera…

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            Desde luego, cuando le daba la gana, Dionisia no facilitaba nada la labor. Una de dos: o se estaba haciendo la tonta deliberadamente, o ni imaginaba lo que con ella pretendía tratar Guiñote.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            De momento no lo pudo saber porque se oyó la puerta de la calle y una sombra cruzó el portalón. Era Celso Moreno Álvarez, que también acostumbraba a pasarse por el  Molino, por ver quién había y por  echar un parleo mientras se hacía la hora de la cena.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            Celso, como su apellido indica, era otro de los Morenos. Un mozo de treinta y cuatro años cumplidos aquel 1923, soltero, rico y sin estar en su sano juicio. Era el hijo mayor de Hermenegildo Moreno; por tanto primo de Filomeno, a la vez que sobrino del tío Gorón., Vivía en la misma manzana del Molino, en una de las tres mejores casas de toda Valdelacasa, y acudía alguna tarde buscando la corrobra de la alquitara. Las tertulias al calor del aguardiente eran entretenidas, y si encima estaba la tarde fría y mojada, mejor que mejor.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            Además, Celso no tenía cosa que hacer. Se iba quedando soltero, no por falta de posibles, sino por estar algo averiado de la cabeza como caritativamente lo explicaban sus paisanos. Acabaría muriendo poco después de la guerra civil en el psiquiátrico de Salamanca; en lo que unos llamaban Beneficencia y otros Casa de Locos. Con tanto casorio entre primos y sobrinos, hermanos y parientes que hacían los Morenos, no es extraño que se diera algún que otro arrebolado.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            A Celso le daba por hacer algunas cosas no muy corrientes para un rico, y otras ni para rico ni para un cuerdo. Se iba él mismo a arar con la pareja de vacas; fuera el tiempo o no, hiciera  o no falta. Era un espectáculo para los críos porque cuando le daba la gana dejaba el arado sobre la tierra, se montaba entre los cuernos de la yunta, y como quiera que acaso fuera verano y la mosca picara a las reses, éstas venían corriendo el teso abajo hasta el pueblo. Y Celso entre los  cuernos haciendo equilibrios para no caerse. ¡Cómo no se mataría! Lo que si parece es que fuera regular jinete, o que a falta de otros, tuviera desarrollado a modo el sentido del equilibrio. Pocas veces se cayó.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            -No estorbaré –dijo Celso al entrar por hacer una gracia.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            Como es lógico suponer, el mozo no tenía ni la menor idea de lo que en ese momento pretendía decir Guiñote. Aunque también es cierto que si la hubiese tenido, habría saludado de la misma manera.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            - Cómo va usted a estorbar –contestó Dionisia, porque era amable y detallista con los ricos, porque no veía la inoportunidad y al fin y al cabo el recién llegado no dejaba de ser uno de los señoritos.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            Tras los pasos de Celso Moreno Álvarez, entró aquella tarde en el Molino Justo Rodríguez, que llegaba en cuenta de ordeñar unas cabras que el Gorón tenía en el otro cabañal del mismo local. Antes de ir a su quehacer, le dio por pasar a calentarse a la lumbre, liar un cigarro y ver quiénes estaban haciendo el aguardiente.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            Al poco rato llegó Ricardo García Izquierdo, que traía un candil para que Dionisia viera algo. Como tenía que echarle a las vacas que había en el comedero, aprovechó para llevarle la luz a la criada y así ahorrarse un viaje.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            Justo Rodríguez tenía prisa, así que Ricardo de le ofreció para ordeñarle las cabras.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            - Vete si quieres, que yo lo hago en un momento.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            Justo se fue de allí sin haber terminado el cigarro. Ricardo se encaramó a una viga y extrajo un buen brazado de heno que fue a repartir por los pesebres. Después le echó el pienso a las mulas.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            Julián sabía que acostumbraban a cerrar la puerta de abajo del Molino, la que daba a la carretera, así que se ofreció a cerrarla él mismo. Ricardo se asombró de lo diligente que estaba Guiñote, pero no le dio importancia. Se apresuró a ordeñar las cabras porque aún tenía que cenar.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            Y con la leche en el caldero se fue a casa de los amos.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            En el Molino quedaron entonces Celso Moreno Álvarez, Dionisia, Miguel Merino y Julián Blázquez Redondo, Guiñote por más señas.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            Julián miraba ensimismado la lumbre, acaso deseando que Celso se fuera cuanto antes. Dionisia, la cara colorada de tener las narices metidas en el fuego, tentaba de vez en cuando el alambique. Y Celso, sentado en un cajón de madera, hacía rayas en el suelo, con un palo de fresno, mientras de vez en cuando se reía para sí mismo. Cualquiera sabía lo que podía estar pensando.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            Por el hueco descubierto del cabañal se metían finas capas de lluvia: como si cribaran puñados de agua.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            Cuando Celso se cansó de dibujar, metió la vara de fresno en la lumbre y se levantó:

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            - Bueno, me voy a ver si ya está la cena.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            Se empezó a internar por lo oscuro del portalón. Él se iba como venía sin dar explicaciones ni venir a cuento. A nadie extrañaba porque ya se sabía cómo era Celso. De pronto se detuvo, volviéndose hacia los que quedaban: se le acababa de ocurrir algo:

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            - A ver si ahora que os dejo solos vais a hacer de las vuestras. Que no me fío yo de un par de mozos como vosotros.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            En las palabras de Celso no había ironía, ni ganas de embromar como habría sido el caso de Ricardo. Ni siquiera se trataba de la displicencia de un rico. Como era  algo inocente, era hablar por hablar, una gracia sin inflexiones, para sí mismo.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            - Qué cosas tiene –contestó Dionisia meneando la cabeza. Siempre parecía tener la contestación apropiada.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            Guiñote no dijo nada,  se puso de pie sin dejar de mirar la lumbre.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

            Celso Moreno Álvarez llegó al portón, abrió la puerta, salió y cerró a sus espaldas. Luego metió la cabeza entre los hombros: como si así se fuera a mojar menos. Cuando empezaba a andar le pareció como si por dentro echaran la tranca. El hombre se sonrió.

 
 
 
 

 

 

 

 
 
 
 

 

 
 
 
 

 

 

 


 

 
El cantar de ciego que empezó a circular después de ocurrir lo que ocurrió aquel 23 de febrero del 23, lo decía claramente refiriéndose a la mujer:  
Para los convecinos de Valdelacasa, Julián y Dionisia estaban condenados a entenderse; aunque ella valiera más que el. Una particular manera de ejercer la caridad: dos personas que se ayudan a pasar el rato, que están solas, qué van a hacer: pues entenderse. Pero a una la consideraban bien y al otro lo ignoraban, que casi es peor que tener mala fama.
Desde que los dos trabajaron de fijo en casa de Filomeno Moreno Hernández, se ayudaron en unas cosas y en otras fueron cada uno a lo suyo. Como siempre hicieron todos los criados compañeros. ¡Ni la cantidad de ratos que pasarían que pasarían juntos desde entonces, en silencio, viendo pasar la vida por delante de sus narices sin cuestionarla; haciendo lo que les mandaban, y más, sin darle importancia!.
 Julián y Dionisia tenían perfectamente asumida su pertenencia al gran montón de la clase menesterosa. Ni siquiera eran de los que <<volvían sin cordel>>, lo que les hubiera reportado algún beneficio. Su relación con los pudientes estaba conformada en categoría de siervos y no protestaban de su suerte. Así estaban las cosas y no iban a ser ellos quienes las cambiasen. Ni se les pasó en un solo momento de sus vidas por la cabeza. Así lo había dispuesto Dios y ellos, a callarse y a cumplir como mejor pudieran.
A la hora de hacer el catastro pasaba lo mismo. Los ricos se ponían las casas como establos y pagaban menos. El tío Sebastián, Culique, el padre de Dionisia, tenía un huerto al lado de una posesión de los Morenos. En el huerto apenas podía dar vuelta la yunta cuando se araba, mientras la hacienda vecina disponía de un valle, un prado de dos hectáreas y una tierra de ocho fanegas de sembradura. Bien: pues ambos dueños pagaban la misma cantidad de contribución.
Porque no pareciera descarado, cuestión moral que tampoco importaba mucho, los ocho sujetos con más posibles nombraban a otros ocho para que los sucedieran en la confección del reparto. Sólo que los segundos eran siempre los que <<volvían sin cordel>>, un a modo de satélites que nada tenían, pero que eran mandados por los ricos para que hicieran lo que ellos les habían encomendado. Un claro cambiemos los hombres para que todo siga igual.
La forma de contribución de la época era el reparto de utilidades y las casas fuertes decidían el reparto. Existían tres categorías a la hora de los impuestos: la Real (por las posesiones que cada uno tuviera), la Personal (que atendía al individuo, tuviera o no bienes) y el Asunto de Pasiones (referida a los signos exteriores). Los poderosos decidían qué había que pagar por la Personal: que cada vecino aportara una cantidad fija sin pararse a mirar los posible, con lo que quien más tenía pagaba lo mismo que quien carecía de todo. Al fin y al cabo los ricos eran diez o doce y los pobres, el resto. Aprovechaban para hacer el reparto de utilidades el mes de julio. La elección no era ni inocente ni casual. En ese mes los hombres salían a la siega, con lo que en el pueblo no quedaban más que las mujeres y los ricos. Indudablemente, estos últimos no precisaban ir a buscar un jornal de sudor para el invierno. Cuando volvían los hombres después del verano, ya estaba fijada la contribución del año.
   Si los ricos no eran dioses como creyó el anciano examinado, sí tenían la tierra y las perras, y mandaban en el pueblo. Ellos eran los alcaldes, los jueces y hasta los secretarios. Detentaban el poder y exigían veneración. No extraña nada, por tanto, que aquel hombre –viejo sabio- dijera al cura que Dios era tío Gorón  y otros dos. Además de ser ricos, estaban en los puestos de mando; era cuestión de salir unos y de que entraran otros. Acaso porque varas de juez y de alcalde hubiera menos que pretendientes.
Los ricos de Valdelacasa, a lo que se ve, eran pocos y se entendían bien: todos confundidos en una misma familia. No en balde salió más de uno algo averiado de la cabeza y con ciertos visos de subnormalidad. No podía ser de  otra manera con sangre tan igual mezclada una y otra vez.
En el afán de los ricos por casarse entre ellos y así no tener que partir las haciendas, Adolfo Moreno casó con su prima Vicenta, Filomeno lo hizo con Felisa y Vicentón con Beatriz. Tres hermanos con tres primos carnales hermanos entre sí. Lo cierto es que los casamientos entre los Morenos eran de lo más laberíntico. El árbol genealógico de cualquiera de ellos es un intrincado camino de ramas que se entrecruzan hasta volver loco a cualquier estudioso. Porque además existe un alto porcentaje de Marcos y de Vicentes, con lo que se riza el rizo. Y ello al margen de los matrimonios hechos entre Morenos y Álvarez. Hermenegildo y tres hermanas más casaron con una Álvarez y tres hermanos. Y por añadidura, viudos que se volvían a casar con otra también pariente. Así que todos los descendientes eran a la vez hermanos, primos, cuñados, padres, yernos, suegros y nueras.
El tío Feo tuvo a Marcos Moreno que casó con Justa Pérez, una del pueblo de Los Santos. Este Marcos era el padre de Hermenegildo, Gregorio y Ángel. El primero se hizo médico y casó con María Álvarez, y tuvo a Celso, Marcos, Benigno e Isabel. Gregorio casó con una prima, Agustina Moreno, que le dio a Adolfo y Felisa antes de morir; volvió a casar con una sobrina carnal, que se le murió pronto, no sin antes parirle a Valentina, Victoria y Eulogia; por último insistió con Manuela, otra sobrina carnal, con la que tuvo a Beatriz. El tercero de los hermanos, Ángel, el tío Mellao, acabó casándose con Manuela Hernández y tuvo a Filomeno, a Vicenta y a Vicente, Vicentón, entre otros.
Cuentan los viejos que en una ocasión se pusieron a repartir las ganancias en la plaza del pueblo. Se trataba de onzas de  oro y los tres socios tocaron a media fanega de ellas cada uno. Es decir, que ante lo abultado del negocio, repartieron a granel.
El primer Moreno que hizo perras fue el tío Feo, el abuelo del tío Gorón: durante la primera guerra carlista. Se había asociado con otros dos,  uno de Ledrada y otro de Guijuelo, y entre los tres lograron la contrata de las brigadas encargadas de llevar los convoyes de un lado a otro, para transportar al frente tanto municiones como provisiones de boca: lo que mucho más tarde sería competencia del cuerpo de intendencia. Se hicieron con una reata de mulas y sacaron buenas ganancias, igual del ejército que de los pueblos. A los mozuelos de catorce a dieciséis años los apalabraban como acemileros y a los hombres les concedían una suerte de subcontrata. Participaban estos últimos con sus propias mulas para ganar más, y como a lo peor les mataban las bestias en el frente, habían de comprar a los tres socios nuevas caballerías, que no podían pagar, y lo hacían con las tierras propias. Con lo que el tío Feo, no solamente se estaba haciendo de oro, sino que  a la vez agrandaba la hacienda. También portaban dinero a los soldados del frente, y como solía acontecer que muchos de ellos estuvieran muertos, dicen se quedaban con la soldada. Un negocio redondo.
Bien sabía el anciano que los Morenos, o sea, los ricos, eran los verdaderos dioses de Valdelacasa. Los que mangoneaban, los que decidían el destino de los demás. Probablemente ni contestó a la pregunta del cura párroco en sentido figurado, ni siquiera con ironía.
La memoria de Valdelacasa no es capaz de recordar si el abuelo fue suspendido o si se le concedió la cédula. Pero el caso es que tío Gorón era Gregorio Moreno Pérez, y los otros dos, sus hermanos Ángel, el tío Mellao, y Hermenegildo.
- Tío Gorón y otros dos.
   El vejete se rascó la gorrilla, pensó un momento y contestó bien seguro:
-¿Quién es Dios? – preguntó el examinador, después de pensar una cuestión facilita; que tampoco era cosa de atosigar al vejestorio con planteamientos enrevesados.
  Le tocó el turno de la particular oposición a un viejo inocente, quien, azarado, esperó la pregunta del cura.
   Los ricos, evidentemente, no precisaban emigrar, el paraíso lo tenían sin salir de casa. Para entender la realidad de los dos grandes grupos perfectamente diferenciados, puede que baste la anécdota que la memoria del pueblo conserva como oro en paño. Era costumbre en comarca tan católica que, llegada la cuaresma, todo el pueblo comulgara por Pascua de Resurrección, uno de los mandamientos de la Santa Madre la Iglesia. El celo de los párrocos examinaba cada año a los vecinos, de todas las edades, para comprobar cómo andaban de conocimientos religiosos. Existía una cédula, un papelito verde, que se otorgaba tras pasar con éxito el examen y sin la cual no se podía comulgar. Un verdadero problema para los numerosos analfabetos, puesto que ello suponía pecado mortal si no se sabía el catecismo.
   Los había que emigraban no por temporadas, sino definitivamente. En 1920 había comenzado el éxodo a la Argentina: los hermanos tiraban de los familiares y éstos de los vecinos, tras la nueva tierra de promisión. En menos de diez años, lo que va de  1920  a los últimos años de la década, Valdelacasa perdió doscientos habitantes de hecho. Y llegó un momento en que había en Argentina más gente de Valdelacasa que en el propio pueblo.
   Entre ricos y pobres existía una barrera insalvable por motivos obvios, siendo los unos escasos y los otros numerosos. Los ricos eran los Morenos sobre todo, algunos Álvarez y ciertos Rodríguez; los pobres, el resto de los vecinos de Valdelacasa. Acaso entre estos últimos existieran algunas diferencias proporcionales, pero eran parecidos en el fondo y desde luego se encontraban dentro del mismo saco. Los pobres eran jornaleros de los ricos, arrieros o emigrantes. En otoño iban a arrancar cepas a las tierras del Yeltes y en verano, a segar a la Armuña o a Castilla.
   Valdelacasa tenía en aquel año 23 sus ochocientos habitantes divididos en dos grandes grupos absolutos y matizados en otro par de ellos relativos. La generalidad absoluta, definitoria de por sí, era la clase de los ricos y la de los pobres. La relativa estaba constituida por los votantes y los no votantes. Esta última no era más que una anécdota: quien no pagara más de veinticinco pesetas de contribución, no tenía derecho a voto. Cinco duros –cien reales- en 1923 eran muchos reales y no solamente estaban Julián y Dionisia en la tesitura de no tenerlos: la carencia englobaba a mucha gente más.
    En aquellos años veinte, Valdelacasa estaba donde está ahora: al sur de la provincia de Salamanca, a cincuenta y ocho kilómetros de la capital. Pertenecía al partido judicial de Béjar, de donde distaba dieciséis kilómetros. Tenía dos tabernas y tres escuelas. La de párvulos, con doña Florinda Rodríguez Sepúlveda de maestra, tenía sesenta y dos alumnos, con una asistencia media diaria de cincuenta y dos. La de niñas la llevaba doña Juliana Sahagún, sesenta  y cinco alumnas, de las que iban diariamente unas cuarenta y ocho. A los niños los enseñaba don Amador González Iglesias de una manera un tanto rudimentaria y memorística; setenta y uno matriculados, pero tan sólo acudían cuarenta y cuatro.
   En común tenían, además, el ser ciudadanos de segunda o tercera categoría, como muchos otros de Valdelacasa. No tenían ni derecho a voto.
   A ella aún le quedaba alguna esperanza, chica desde luego, pero a los treinta y n años aún podía encontrar un apaño donde arrimarse. A él le quedaba la esperanza de que, con el tiempo y los ratos pasados juntos, acabaran pasando a marido y mujer; como una fruta madura que cae por su propio peso. Esto último sólo lo sabía Julián, que nunca le había dicho nada a Dionisia.
   Se tenían cogida la confianza desde hacía por lo menos diez años, cuando ambos coincidieron en casa de Filomeno. Desde entonces sus almas quedaron hermanadas. Hablar. No hablaban mucho, pero estaban juntos y se hacían compañía. No debe ser poco eso de ayudarse a pasar la soledad. Dionisia le lavaba alguna vez la blusa o los pantalones –cuando Julián tenía con qué cambiarse- y él le ayudaba a sacar aguan del pozo. Luego comían juntos, miraban a medias el silencio, el pasar lento de las tardes y de los días.
   Guiñote no acudía los domingos al baile porque ninguna moza lo miraba: por feo tanto como por viejo. Dionisia tampoco iba porque se le estaba pasando la edad. Treinta y un años ya empezaban a ser demasiados para una mujer que tuviera pensado casarse. Si no le habían dicho nada hasta entonces, mal se lo iban a decir después. Así que ya podía irse haciendo a la idea de que se iba a quedar como estaba.
   Seguramente porque los dos estaban solos se entendieran y se llevaran bien: como hermanos. Ni el uno ni la otra iban al baile los domingos y fiestas de guardar, cuando Perico el tamborilero tocaba, por dos perras, hasta que la juventud se hartaba de danzar en la casa concejo. Un salón donde estaba la escuela de párvulos, en el que se hacía el baile, las bodas, los bautizos y hasta las autopsias de los muertos que la precisaban. Había una mesa enteriza de granito: tendría sus buenos tres metros de larga, dos de ancha y un par de cuartas de grosor. La tenían colocada en el centro del local: a un lado de ella bailaban las parejas ennoviadas, al otro el resto de la juventud. La misma mesa que dividía las dos clases de bailarines servía lo mismo para que comieran los novios el día de la boda, que para tender sobre ella al fiambre para la autopsia.
   Julián y Dionisia coincidían en que ambos estaban solteros y eran mozos. Bien es cierto que a él nadie lo había mirado hasta entonces, mientras que ella había rechazado las dos ofertas que había tenido. Benito el Cojo, que vivía en la plaza, se había querido casar con ella, pero Dionisia había rechazado las explicaciones por ser cojo. Y cuando murió su hermana Salustiana la quisieron casar con su cuñado Cascarilla, propuesta que también rechazó la moza.
   No es que todo fueran defectos y miserias en Julián. Alguna cualidad conocida había de tener. Al menos se sabe que, dentro de lo que podía su endeblez, era trabajador y cumplía con lo que le encargaban; como que era aseado y limpio en el vestir. Cualidad de gran mérito esta última, si se tiene en cuenta que vivía solo y se ponía lo que le daban. Se ve que era mañoso y que, aunque no tuviera más que unos pantalones de pana, una blusilla y unas albarcas, no andaba desastrado.
   Éstas eran las grandes diferencias entre Julián y Dionisia: lo aparente de las formas, la familia, el trabajo y la fama: la una de buena y hacendosa, y el otro de desocupado y mirón. Nada más, en lo esencial eran bastante parejos. Claro que la sociedad solía no fijarse en lo esencial y quedarse con la superficie.
  Guiñote era también bastante más viejo que Dionisia; lo que va de sus cuarenta y nueve años cumplidos hasta los treinta y uno de la moza. Y tenía mucha peor estampa. Por eso lo llamaban Guiñote, por la figura. Era de cuerpo pequeño y contrahecho: valía muy poco. Las piernas encorvadas al andar, una pizca cojo y ladero; jorobado y feo. No llegaba al metro cincuenta, pobre de solemnidad y de cara poco agraciada, razones suficientes para quedar soltero y sin compromiso. Con semejante figura no lo podían llamar más que Guiñote. Guiñote, de guiñapo: allí la gente es muy mala y certera para estas cosas.
    Además de estar solo en el mundo. Julián tampoco tenía trabajo seguro. Lo había tenido en casa de Filomeno Moreno Hernández hasta 1913, pero desde entonces andaba dando tumbos de una parte a otra. De comer no le faltaba, que siempre lo llamaba alguien para un jornal, o había un alma caritativa que le daba para un bocado o una sopa. Pero estaba en el peligro constante de que lo enfilaran y nadie volviera a llamarlo, o de que cayera malo. Así que, aunque hubiera querido, no habría podido dejar su segundo empleo de espía. Encima de pobre, inseguro.
  A Julián lo bautizó el cura párroco de entonces, don Juan de Dios Cantero, en la iglesia del mismo Valdelacasa, Santa María de la Misericordia, el día 12 de septiembre, viernes. Pero ya no se vuelve a tener noticia de él hasta cuando ya es grande. Comprobado está que su madre, Josefa Redondo Nieto, murió el 3 de septiembre del año 1879, a la edad de treinta y cinco años, de una eclampsia, de afección convulsiva, según consta  en el certificado de defunción. Existe una explicación ciertamente lógica para el desconocimiento de la niñez y juventud de Guiñote. Como quiera que tan sólo tenía seis años cuando su madre murió, pudo ser que su padre, viudo, dejara el pueblo llevándose con él a su hijo; que Félix Blázquez Pérez desapareciera, se volviera a casar o cosa por el estilo, y que, pasados algunos años, volviera Julián al pueblo; con lo que el vecindario, al no recordar su procedencia, entró en la mantenida creencia de que era hospiciano y pilongo.
   De Guiñote todos creían que era pilongo, mas lo cierto es que nació en Valdelacasa. Concretamente a  las once de la noche del día 9 de septiembre de 1873. Era hijo legítimo de Félix Blázquez Pérez y de Josefa Redondo Nieto. Poco sabía Julián, ni lo supo en su vida, que nació el año en que se proclamó la primera República de este país; ni que Salamanca se declaró, en julio de ese mismo año, cantón independiente. Cómo lo iba a saber si ni siquiera lo sabían los que leían y escribían de corrido. Y Julián alcanzaba a garabatear su nombre torpemente.
   Julián Blázquez Redondo, el Guiñote, carecía de todo esto. Por faltarle, hasta le faltaba la familia. La memoria rural ignoraba  de donde venía y quiénes eran sus padres. Todo el mundo lo tenía por pilongo, uno de esos niños que nacían de mala manera, que se llevaban al torno de una casa-cuna, y una familia los recogía porque suponía un sueldo seguro (en aquel entonces una madre recién parida  era un regalo: aunque tuviera otros ocho hijos, el traer a casa a un hospiciano equivalía a tres duros al mes, hasta los nueve meses, y siete pesetas hasta los tres años. A ver cuándo iban a ver otro dinero tan fresco si no había jornalero que ganara esa soldada todos los meses), que le acababan cogiendo cierto cariño y se lo quedaban al cumplir los tres años como uno más de la familia.
   Era más guapa que fea, el pelo negro y espeso; treinta y un años sanos y robustos. Cargada de carnes en su justo término: una buena moza para el gusto de la época. Tan sólo esa ternura de ojos que la hacía caminar mirando insistentemente al suelo, o achinar los párpados cuando quería ver la cara de la gente.
  El trabajo seguro era otra de las cosas de las que se podía estar más que contento. ¡Cuántos quisieran! Dionisia lo tenía desde hacía catorce años, y en un sitio donde se la apreciaba, se le daba de comer todos los días en abundancia y era casi como de la familia.
   En febrero de 1923, Dionisia tenía familia, trabajo y juventud, aparte de buena salud; cosas de las que carecía Guiñote. Los padres de la moza estaban vivos y eran conocidos: Sebastián Miguel Ramos, el tío Culique, y Emilia Merino García. Estos habían tenido a Salustiana, la hija mayor, que se había casado con un pastor, el Cascarilla, y que había muerto en el primer parto: quedó el hijo, su nieto; luego venía Dionisia, que hacía la vida en casa de los amos e iba a la casa de la calle el Solanillo como visita de médico, poco más que a entregar a su padre las diez pesetas que recibía como sueldo al mes; habían tenido otro hijo, Inocencio, que murió pronto; por último estaba Germana, bajita y regordeta, que ya hacía tiempo que había empezado a ir a casa de los ricos a hacer este o aquel oficio.
   Julián y Dionisia eran dos almas gemelas que tenían mucho más en común que diferencias. La soledad, la pobreza, la compañía que se hacían más de cuatro veces y el haber trabajado juntos, en tiempos, en casa de Filomeno Moreno. Si hay que ponerse a comparar, desde luego salía ganando la mujer. No es que la suya fuera una vida dichosa, pero para la época que le tocó vivir no se podía quejar. Más de qué presumir que Julián ya tenía.
   Luego a la hora de soltar las perras parece que los Morenos no eran tan diligentes como con lo de cumplir con los mandamientos de la Santa Madre la Iglesia, o al menos no tan generosos. Dice el refrán que << A la puerta del rezador no pongas el trigo al sol>>. Por algo será.
  También los demás criados habían de ir los domingos y fiestas de guardar a la santa misa. Era como si formara parte del contrato verbal de trabajo; tanto de sueldo, mantenido y con la condición de santificar las fiestas. Solamente en verano quedaban los hombres dispensados a causa de las faenas del campo. Los criados cumplían con la religiosidad de los amos de buena gana por la cuenta que les traía y porque el rato que pasaban en la iglesia no estaban trabajando. El jornal les caía lo mismo y estaban a la sombra, así que había poco que pensar.
   Morenos eran muy religiosos, sobre todo ella, que no perdía misa, y por extensión, la criada, que hacía en buena lógica lo que dijera el ama. Felisa Moreno no perdía un acto religioso, ya podía llover, nevar o caer chuzos de punta, que ella acudía a la iglesia seguida a un par de pasos por Dionisia.
Cada mañana, Dionisia seguía los pasos de su ama camino de la Iglesia. Estos
- Avía, Dionisia, que se nos hace tarde.
   Aquella mañana Filomeno Moreno Hernández salió al corral a tirar los pantalones mientras Felisa iba a ponerse el velo.
   Tras poner encima de la mesa la comida para los señores, Dionisia solía irse a lavar la cara y a atusarse el pelo. Por entonces Ricardo ya andaba trajinando con el ganado.
   El desayuno de los amos era otra cosa, ni comparación con el de los criados. Para eso eran los amos. Para empezar, y en el caso de que un día faltara el café de Portugal, a lo peor la malta era la misma, pero se le sumaba un buen chorro de leche. Ello se acompañaba de chorizo fresco – apenas había transcurrido un par de meses desde la matanza -, o jamón añejo, o lomo adobado para los hijos. Manjares que los criados tan sólo probaban en días señalados, por la fiesta del pueblo, Navidad o cosa por el estilo.
   Comieron de pie y en silencio: como solían comer todos los criados que por añadidura fueran poco dicharacheros. Y que tampoco eran horas. En una casa como aquélla había mucha tarea por hacer, como para andar perdiendo el tiempo desde por la mañana. Dionisia misma se tenía que dar prisa para aviar el almuerzo de los amos, a los que ya se empezaba a oír por la casa. Y Ricardo para apazconar el ganado antes de irse al campo.
   Lo que ya estaba era el desayuno. Probablemente en el puchero hubiera cocido un par de puñados de malta, unos torreznos de tocino volteados en la sartén y un tasajo de pan amasado por la propia Dionisia. Una dieta abundante y completa que para sí quisieran muchos paisanos.
- Esto ya está – dijo Dionisia mientras el criado se calentaba de espaldas a la lumbre.
  Los Morenos llevaban ya tres o cuatro generaciones siendo los más ricos del lugar; y como hacían casorios emparentados, las haciendas no se repartían, sino que al quedar en las mismas manos se iban engordando. La misma mujer de Filomeno, Felisa, era otra Moreno, con lo que los hijos del matrimonio –Antonio, Paco el Pego, Celedonia, Victoriana y Teresa – venían a ser, como cabe suponer, Moreno y Moreno.
  Ricardo y Dionisia eran los dos criados estables que en aquel momento servían en casa de Filomeno Moreno Hernández, uno de los hombres fuertes de Valdelacasa. Aunque en casa de tan principal se precisaban más brazos, de quieto solía haber pocos. Los otros eran jornaleros ocasionales, siempre tres o cuatro que se apalabraban por temporadas, según la estación y dependiendo de las necesidades. Gente con ganas de trabajar era lo que no faltaba.
-Como para andar a gajos.
Dionisia, algo tierna de ojos y una pizca miope, achicó los ojos para mirar al recién llegado. Fue un momento, porque en seguida volvió a lo suyo, al tiempo que contestaba:
-Vaya mañanita  - dijo a modo de buenos días.
   Estaba Dionisia enzarzada entre los pucheros cuando entró en la cocina Ricardo García Izquierdo, el otro criado fijo de Filomeno Moreno Hernández. Por los bordes de la boina le asomaban unos caracoles mojados. Se venía frotando las manos para espantar el frío.
   La cocina era amplia y bien surtida como corresponde a una casa con posibles; grandes los escaños de roble, fuertes las mesas y numeroso el menaje; amplios los espacios, capaz la despensa, muchos los criados, nobles las maderas y anchos los muros de las paredes. Las dimensiones eran importantes en las moradas de los ricos. Sólidas las construcciones y no de adobes y sin chimeneas como las de los pobres.
   Dormía en la propia casa de los amos. Desde que entró a servir en la casa de Filomeno, se podrían contar con los dedos de una mano las veces que se había llegado a la suya propia en la calle el Solanillo. Apenas clareaba el día cuando Dionisia se solía tirar de la cama. Primero a prender la lumbre y luego a poner sobre los lares el caldero grande de cinc y un puchero en las trébedes.
   Dionisia era la primera en levantarse de toda la casa. Incluso los días en que el amo tenía que madrugar a causa de sus negocios, era ella, la criada, quien lo llamaba. Era ley de vida: primero amanecía ella, que encendía la lumbre para que la casa se fuera caldeando, de modo que cuando los señores dejaran las sábanas, el ambiente estuviera calentito. De otra manera no podía ser.
    Entró a servir en casa de Filomeno Moreno Hernández a los diecisiete años y ya llevaba catorce sin moverse. Había visto nacer a todos los hijos del amo y todo hacía prever que el servicio duraría mucho; seguramente, toda la vida. Los criados que congeniaban bien con los amos, como era el caso de Dionisia, se morían en la misma casa donde habían empezado. Como mínimo pensaba estar allí hasta que se casara,  y ya tenía edad más que de sobra para hacerlo.
   Aquella mañana tan gris de febrero – día de los santos Pedro Damián, obispo, confesor y doctor; Policarpo, obispo y mártir; Primiciano y Florencio, confesores; Lázaro y Antonio, monjes; Romana, Melburga y Marta, vírgenes; Sereno (o Sireno), monje y mártir; Celso y Ordoño, obispos – Dionisia Miguel Merino también se levantó como de costumbre, sólo que bastante antes que Julián. Nada hacía presagiar que aquel viernes fuera a ser distinto a los demás del año, ni para ellos ni para el pueblo.
- Dile a tu padre que de seguida voy.
    El hombre la ayudó a arrebujarse en el mantón y se dispuso a cerrar la puerta tras ella.
    De pronto la cría se cansó de estar allí, o se consideró secada, y se levantó para marcharse; como hacía cada vez que su padre la mandaba a llamar a Guiñote. Lo que no sabía Isabel – ni nadie – en aquel momento era que su padre ya no volvería a mandarla más a casa de Julián Blázquez.
   Isabel Pérez, la rapaza del tío Calama, miraba la lumbre y no decía nada. Poco a poco iba entrando en calor. De vez en cuando miraba de reojo a Julián, que luchaba por roer el pedazo de pan. El mantón negro que había arropado a la niña humeaba en el brazo del hombre.
   No era poco eso de tener dónde guarecerse en el invierno, sobre todo si venía tan frío y lluvioso como aquel febrero.
   No era gran cosa lo que en aquella casa había, pero Julián  Blázquez Redondo no echaba en falta más comodidades. Incluso podía considerar un ser privilegiado al disponer de  un sitio como aquél para él solo. En aquellos años veinte, en Valdelacasa existían lugares tan estrechos como la casa del Guiñote donde vivía una familia entera y numerosa.
   El cuarto oscuro era el dormitorio: una cama de burrillas, un jergón de retamas secas y una manta raída. Las camas de entonces, sobre todo las de los pobres, no se hacían ala medida de las personas, sino a la de los cuartos. Y si coincidía que éste no tenía más que metro y medio de largo y el durmiente no se podía estirar, pues no se estiraba. En el caso de Guiñote, hasta le sobraba con ese metro y medio para tenderse cuan largo era porque medía un metro y cuarenta y nueve centímetros.
   En el pasillo, una vez traspuesta la puerta de media hoja con un redondel en su parte inferior como gatera, tenía una tabla clavada de mala manera en la pared, sobre la que descansaba el escaso menaje del hombre solo: cuatro cacharros desportillados que casi hasta le sobraban.
    Dentro de la casa, había a un lado un pasillito, en el cual formaban ángulo  dos vanos que nunca tuvieron puerta: a la izquierda la cocina y de frente un cuarto oscuro. En la cocina había un ventanuco que daba a la calle, un tajo de madera, en donde se había sentado la niña aquella mañana, y poco más; si acaso un montón de leña seca. Por no tener, la cocina no tenía ni chimenea: el humo le salía por entre las tejas de la cubierta. Claro que era ésta cualidad de la mayoría de las casas del lugar.
    A Julián, pobre de solemnidad y sin tener donde caerse muerto, le venía muy bien. Aquel cachito valía para poco, pero a un hombre solo y sin muchas necesidades le hacía el avío.
 Donde vivía Julián Blázquez Redondo se llamaba casa por llamarla de algún modo y porque él vivía allí. Aquello era una mínima y destartalada expresión de habitáculo. Catorce o quince metros cuadrados de una sola planta, aunque estuviera en el centro del pueblo. Filomena Álvarez, de la familia de los Garzas, se casó con uno de Cepeda, ya en plena sierra de Francia. Se fue a vivir con el marido y dejó su hacienda para que se la administrara la familia. Como de esa casina poco se podía sacar, se la dejaron a Guiñote  para que viviera: una forma de pagarle las jeras que echara.
- Siéntate ahí – propuso Julián acercando un burdo tajito de madera.
   La niña había pasado delante del hombre hasta la cocina. Se arrimó a la lumbre y aún tenía el mantón puesto.
Julián  Blázquez Redondo, Guiñote, vivía que lo fueran a avisar. Sin oficio ni beneficio, andaba a lo que saliera. Esperando que alguno de los ricos lo mandara llamar. Podar las parras, acarrear leña, llevar agua, desatascar una gatera, hacer un recado, eran los oficios  que él solía desempeñar. Igual valía para un roto que para un descosido. Y a él lo mismo le tenía hacer de demandaero (demandadero) * que de pastor. Así había ido tirando y no existía razón alguna para pensar que no pudiera continuar de la misma manera. También le solían encargar otra misión, desde luego mucho peor vista. Eran tiempos difíciles en los que nadie se fiaba de nadie; una compra, un cambio, una costumbre, una rivalidad; y lo mandaban a que se enterara de lo que pasaba. Unos a ver qué tenían los otros, éstos a ver qué escondían los de más allá. Luego Julián iba con el cuento y se le agradecía: le daban algo o simplemente le prometían favorecerlo cuando le hiciera falta. Pero el seguimiento a lo mejor no se centraba solamente en cuestiones de negocios, igual podía ocurrir que alguien le encargara espiar a una pareja de novios. Así que después de ocurrido todo le quedó esa fama: si alguien de Valdelacasa andaba solitario  husmeador, le decían: <<Andas por las esquinas como Guiñote. >>  Aunque parezca raro, Julián era tan jornalero como espía. Este último era su trabajo más oscuro  y criticable, mientras el otro estaba mejor considerado. Al fin y al cabo, cualquier pobre como él tenía que andar a lo que le mandaran, no era cosa de escoger. Luego le pagaban con algo de comida, unas perras de vez en cuando, unas ropas de desecho. De esa manera estaba obligado con todos, y todos sabían que ahí estaba Guiñote en el caso de que hiciera falta alguien barato, fácil, obediente y más enclenque que otra cosa. Con el cuerpo que tenía, a Julián Blázquez tampoco se le vio arar, ni cargar sacos de grano, ni en las matanzas. Siempre ocupaciones marginales, engorrosas pero no pesadas. A ver cómo iba a decir él que no a lo que le encargaran.
-  Muy bien. Pero pasa que te calientes. No te quedes ahí.
- Que dice mi padre que vaya allá – dijo la niña aterida.
   Quien había llamado tan quedamente era Isabel, una de las hijas de Francisco Pérez Carrasco, el tío Calama. Una rapaza de siete años arrebujada en un mantón.
Pero no entraban ni se oía nada. Raro sí era, a no ser que se tratara de forasteros. Porque una visita no podía ser: no las tenía nunca, cuanto más a esas horas,  y con lo que estaba cayendo. No obstante salió a abrir.
   Nadie contestó y se notó otro roce; como una llamada leve, cual si no pudieran empujar la puerta  o no se atrevieran.
-Pase quien sea: está abierto – volvió a decir.
-¿Quién anda ahí? – preguntó Julián desde la cocina.
   Tranquilo y ensimismado se hallaba, cuando sintió un roce en la puerta de la calle. Por otro lado, la única que existía en la minúscula vivienda.
    A sus cuarenta y nueve años,  ya para cincuenta, pocos dientes le quedaban en la boca y le costaba masticar el cacho de pan asentado. Se lo decían medio en broma, medio para picarlo: <<Tú ya, pa sopita. >> Como no tenía prisa alguna, empleaba su tiempo en eso de molear el pedazo de pan: ni aguardaba a nadie ni nadie lo esperaba a él. Estaba lo que se dice solo en el mundo.