VALDELACASA-SALAMANCA

Capítulo II

II  LAS PUERTAS TRANCADAS  POR DENTRO

 

            Serían más de las ocho de la noche de aquel viernes de febrero, cuando Ricardo García Izquierdo estaba acabando de cenar. Lo hacía en la mesa de la cocina, antes de que cenaran los amos y deprisa para volver al Molino. Y lo de cada día, las consabidas patatas meneadas.

            La casa de Filomeno Moreno Hernández tenía mucho terreno. La puerta de delante comunicaba con la calle de la Ermita y la de atrás con la de la casa de concejo. Casi quinientos metros cuadrados, de los que la mayoría estaban destinados a acomodos para el ganado. Un rectángulo de quince metros de ancho por cuarenta y tres de largo, orientado de oeste a este, como la mayoría de las construcciones de Valdelacasa. En la parte delantera estaba la vivienda de dos pisos, luego un patio  y después un local techado.

            A la cocina se entraba por un largo pasillo desde la puerta de la calle. A la izquierda quedaba el hogar, los pucheros entre las brasas, el ajetreo de las tardes y Julia, la criada del tío Gorón, aparragada junto al fuego, bajo la chimenea. A la derecha estaba la mesa en la que cenaba Ricardo y una ventana que daba al corral.

            Alrededor de la lumbre, distribuidos en sendos escaños de madera de roble, se hallaban los miembros de la familia. Filomeno Moreno Hernández, sentado en el escaño, esperaba a que estuviera lista la cena. Los hijos: Antonio, que andaba estudiando para cura y luego se haría abogado, y que acabaría muriendo soltero en una mesa de operaciones; Paco el Pego, que moriría al poco de casarse, sin dejar hijos y quedando la viuda con tanto como nada , después de lo que tenían; Celedonia, mujer inteligente y de mucha memoria –había salido a su madre-, que se iría quedando progresivamente ciega y que ahora vivía recluida en el piso de arriba sin salir para nada; Teresa , que era la pequeña de los hermanos, quizá subiéndose y bajándose de los bancos; y Victoriana, que luego de mayor se casaría con Teodosio Álvarez, cuyos hijos heredarían toda la hacienda. Victoriana en aquella época iba a la escuela y la tarde del 23 de febrero estaba haciendo los deberes que le había puesto doña Juliana en una pizarra sobre el halda.

            La puerta de la despensa se confundía con la oscuridad de los rincones. Los techos eran bajos y de madera, separando los dos pisos en la vivienda.

            Un par de candiles de petróleo, estratégicamente colocados en la estancia, proporcionaban una luz azulina y tenue. Las llamas de la lumbre iluminaban más que los candiles.

            El ama, Felisa Moreno, salía y entraba en la cocina, organizando la casa, preguntándole a la criada de su padre si le faltaba mucho a la cena. Luego se dirigió a Ricardo:

            - Le dices a Dionisia que se venga en seguida, que no se entretenga.

            - Que vuelva después de cenar, si te hace falta –intervino Filomeno.

            - Yo creo que hoy terminamos pronto –dijo Ricardo levantándose de la mesa.

            Desde que se andaba con lo del aguardiente tenía que estar uno siempre a la vera de la alquitara, y a veces dos. Por eso el criado se pasaba las tardes y las noches en el Molino y de vez en cuando iba Dionisia. Había que estar constantemente al cuidado: si el agua estaba demasiado fría, saldría el alcohol a chorros y no valía para nada; si demasiado caliente, no se cumplía el proceso de destilación y lo que cayera por el tubito sería simple vaho.

            - De seguida viene la Dionisia –dijo Ricardo a modo de despedida, cuando ya salía por la puerta.

            El criado abandonó la casa echándose un saco por la cabeza. La noche estaba oscura como boca de lobo y era difícil esquivar los charcos sin empantanarse. De algunas casas salían murmullos de voces, ruidos de cacharros, gritos de críos, un sollozo; de otras trascendía un tufillo a berzas cocidas; acaso se oyera el mugido de una res. Por lo demás, las callejuelas estaban como el propio pueblo: oscuras, ateridas y mojadas.

            El itinerario que Ricardo debía seguir para llegar al Molino consistía en, una vez cerrada la puerta de Filomeno Moreno Hernández, echar a andar por la misma acera de la izquierda; pasar por delante de la puerta del tío Gorón; seguir un medio centenar de metros hasta encontrarse con una calle perpendicular; tomarla a la derecha y torcer de nuevo a la diestra, por la calle de la Atalaya, y a cien metros ya estaba la puerta de arriba del Molino.

            Por donde pasó el criado, todo eran corrales y casitas de planta baja. Bien se distinguía donde vivía un rico de donde lo hacía un pobre. Las de aquéllos, de dos plantas, con chimenea, de cantería y con balcones; las otras, de adobes, con el humo saliéndoles por entre las tejas y nada más que un piso. En lo que todas coincidían, era en la característica puerta de media hoja, la de abajo siempre cerrada para impedir la entrada de los cerdos que por el día andaban por las calles. A ninguna le faltaba tampoco la gatera.

            Ricardo ya tenía ganas de irse a casa, pero aún le quedaba tarea para rato. Con eso del aguardiente se llegaban las tantas y no se acababa. Las tertulias que se solían formar en torno a la alquitara habían perdido mucho. La gracia estaba en la clandestinidad  y cuando duraban. Como en casa de Filomeno llevaban ya varios días, la destilación resultaba algo monótona, se perdía el interés y nadie iba a charlar. Y que con la noche que hacía, en ningún lado iba a estar mejor que en su propia casa.

            El jornalero era nacido y criado en El Tejado,  un pueblo de la provincia de Salamanca, pero ya pegado  a la raya de Ávila, cerca del Barco de Ávila. Como todo el que tenía muchos hermanos y pocos posibles, cuando tuvo edad para servir –a los doce años- se fue de casa a buscarse la vida. Trabajó en unos sitios y otros hasta que fue a parar a Santibáñez de Béjar. Estuvo con un médico al que también servía una moza de Valdelacasa, Paula, una de las Caharras y hermana de Manuel Fique. Allí se enamoraron y por eso fue venirse a Valdelacasa. Se casaron luego, estando él ya en casa de Filomeno.

            Ricardo iba pensando más en Paula que en el aguardiente.

 

            Con el saco resguardándose la cabeza de la lluvia, el pensamiento puesto en la mujer, una mano en el bolsillo y la otra sujetando el saco, llegó Ricardo García Izquierdo al local donde debería estar Dionisia.

            El portalón tenía una inmensa puerta que mediría bien a gusto sus cuatro metros de alto y tres de ancho. Dos hojas verticales que sólo se abrían en contadas ocasiones. Para entrar y salir había otra puerta más chic, arrancada a la hoja de la derecha, que levantaba un par de palmos del suelo.

            Distraído con sus cosas, el criado empujó en cuenta de entrar, pero la puerta no se abrió. En un principio pensó que estaría atascada. Con el agua ya se sabe: las maderas se hinchan y cuesta abrirlas. Hizo fuerza y la puerta no cedió. No cabía otra explicación que la de que estuviera echada la tranca por dentro. Cosa rara, que Dionisia se hubiera candado de esa manera.

            Miró por una rendija y lo que pudo percibir fue una suerte de tenue resplandor: sin duda el de la lumbre que estaba encendida dentro.

            Llamó por su nombre a Dionisia y nadie contestó. Acercó la oreja a la madera y volvió a llamar: dentro no se oía ni una mosca.

            Aquello no le dio buena espina y decidió que mejor era decírselo a los amos. En estas cosas, mejor que un criado no se meta, se le dice al amo, que para eso está, y que él mande lo que guste.

            Ricardo deshizo el camino andado y volvió a casa de Filomeno. Estaban sentados todos a la mesa cuando él entró en la cocina. Aunque extrañado, llegaba tranquilo y no se dirigió a nadie en concreto cuando informó:

            - En el Molino no hay nadie.

            - Cómo que no hay nadie. ¿Pues dónde está  la Dionisia?  -preguntó el amo, mientras se quitaba la servilleta de la nuez.

            - Las puertas están candás por dentro y nadie contesta.

            - A ver si la muchacha ha candado para que no se le meta el Guiñote –intervino Felisa Moreno, siempre práctica y famosa por una intuición por encima de la de los demás. Como se ve, Julián no era santo de su devoción.

            - Pues seguramente. Y por eso no te ha oído –añadió Filomeno, acostumbrado a corroborar las opiniones de su mujer en el apartado doméstico.

            - Anda, vuelve allá y llama más fuerte. Adónde va haber ido: allí estará –ordenó el ama.

            Ricardo salió de nuevo y otra vez se dirigió al Molino. Muy extraño le parecía a él que no hubiera contestado Dionisia: algo cegata si era, pero a él no le constaba que también fuera sorda. Y desde luego había llamado más de una y de dos veces. A ver si iban a estar liados dentro Dionisia y el Guiñote;  él en gana broma los había azuzado y lo mismo estaban dentro los dos pasándolo bien. Menuda: él preocupándose de si una puerta estaba abierta o candada.

            La puerta del Molino continuaba como la había dejado momentos antes. Aporreó con los puños las maderas al tiempo que llamaba más fuerte a Dionisia. Seguían sin contestarle y sin que se oyese cosa ninguna. Ricardo ya llamaba casi a voces.

            Marcelino Gómez Guillermo, casado con Prudencia Nieto, oyó las voces del criado de Filomeno y salió a la calle haber que pasaba. Lo hizo con su mandil de cuero, pues siendo zapatero se quedaba trabajando hasta tarde en un cuartito que tenía a propósito. Además era dueño de la única posada que existía en Valdelacasa. Un lugar de paso para viajeros, que, aunque no constaba oficialmente como tal establecimiento –no estaba ni dado de alta-, todo el que pasaba por el pueblo sabía que allí había cama y comida.

            - ¿Qué es lo que pasa, Ricardo?

            - Toma, pues que la Dionisia quedó ahí dentro y no contesta.  Y tiene trancado.

            Marcelino se llegó donde estaba Ricardo y golpeó también en las puertas cerradas, llamando por su nombre a Dionisia.

            El eco de los golpes retumbaba en lo oscuro de la noche y la respiración de los dos hombres era como bocanadas de humo.

            - Calla, parece que se ha oído algo.

            Del interior del local provenían débiles sonidos, muy lejanos: igual podían ser gemidos que el ruido del aire. Como si vinieran de otra parte, ajenos al Molino.

            - No se oye bien.

            - ¿Hay alguien ahí?

            - ¡Dionisia!

            Por un instante los sonidos se hicieron un tanto más claros, aunque siguieran llegando desde muy lejos: eran como voces de auxilio. Palabras que se parecían a socorro o ayuda.

            La lluvia aporreaba las tejas y un canalón chorreaba con estruendo en alguna parte. En un instante, las quejas se hicieron más claras.

            - Es la Dionisia que pide auxilio –dijo asustado el zapatero.

            - Jodo, aquí pasa algo. Será mejor que se lo diga al amo.

            - Sí, no vaya a haber ocurrido una desgracia que tengamos que lamentar.

            Ricardo corrió como alma que lleva el diablo a casa de Filomeno Moreno Hernández. Empleó menos tiempo en llegar que el que se tarda en contarlo porque lo hizo de cuatro zancadas. Ni él mismo podría haber dicho por dónde pasó, ni los charcos que pisó, de ligero como iba.

            Antes de entrar por la puerta de los amos, ya estaba dando voces:

            - Amo, amo, allí pasa algo. No abre nadie y piden auxilio.

            Filomeno se levantó de la mesa al oír el alboroto que traía el criado. Su mujer, Felisa Moreno, dijo: <<Ay, Dios mío>>, y también acudió a las voces de Ricardo, que llegaba acezando.

            - ¿Qué pasa, qué pasa?

            - Yo no sé. Las puertas siguen candás y dentro se oye que piden auxilio.

            Felisa no lo pensó dos veces y dijo que se lo iba a decir a su padre.

            El ama salió corriendo de su casa y se metió en la del tío Gorón. Detrás de ella iban Filomeno, Ricardo, Julia y todos los hijos. Hasta la pequeña, Teresa.

            El patriarca de los Morenos, una vez escuchado el estado de cosas que su hija le planteaba y el criado corroboraba, sin poder aportar muchos datos, se hizo cargo de la situación y empezó a organizar a su gente.

            Mandó a dos de sus criados, Marcos y el tío Melchor, a que fueran a avisar respectivamente al alcalde y al juez municipal. Aquel asunto había que resolverlo como Dios manda y por si acaso, temiendo que hubiera sucedido algún disgusto, mejor llevar por delante a la autoridad.

            - Decirles que se vayan al Molino. Venga, a escape. Que dejen lo que estén haciendo, que nosotros ya vamos allá.

            El juez municipal era Joaquín Rodríguez Miguel, más mentado como el tío Joaquín Cabrera, algo primo de Dionisia. Aunque no era exactamente rico, sí se había casado con una de posibles, por eso tenía el cargo. Vivía cercano a los padres de Dionisia, y el tío Gorón encargó que no se les dijera nada, para no asustarlos, a lo mejor para nada.

            El alcalde era Benigno Moreno Álvarez, hijo del tío Hermenegildo, sobrino del tío Gorón, primo de Filomeno y hermano de Celso. En aquel entonces soltero, pero ya hablando con una de los Vega de Guijuelo. El alcalde vivía en casa de su padre; por tanto, en la misma manzana del Molino.

            Gregorio Moreno se dirigió a Ricardo, que estaba visiblemente asustado a la escucha de las órdenes que iba impartiendo el viejo. Y le preguntó que quién había quedado en el Molino cuando él se vino para casa.

            - Yo cuando apazconé las vacas, ordeñé las cabras y me vine…

            - ¿Pero quién quedó allí?

            - Pues la Dionisia, Guiñote y Celso.

            El viejo patriarca frunció el ceño con un gesto de fastidio. A ver si se le había dado alguna tontuna a Celso y tenían que lamentarla. Luego dijo que fueran todos allí en seguida y que cogieran luces.

 

            Cuando los amos llegaron al Molino, seguidos de cerca por los criados y por algunos bultos que se fueron sumando al barullo, ya estaba allí el alcalde Benigno Moreno. A la puerta se juntaron con Marcelino Gómez Guillermo y el hijo de éste, Esteban.

            - Hemos ido por el lado de abajo y tampoco se puede entrar –dijo el mozo del zapatero.

            Al poco rato llegó también el juez municipal, acompañado por su hijo Julián Rodríguez Rodríguez. Se pararon todos ante las puertas de arriba, que permanecían cerradas.

            Unos empujaban, otros daban golpes y algunos llamaban a Dionisia. Ningún ruido salía del local cerrado, pero ya eran muchos los que aseguraban haber oído pedir auxilio. Marcelino Gómez y su hijo repetían que quien fuera lo estaba pasando mal porque se había oído bien clarito la petición de ayuda.

            Se fue arremolinando la gente. Una noche cerrada con trasiego de personal tan a deshoras, era señal inequívoca de que algo raro pasaba. Algo en casa de los Morenos porque se veía a la gente acudir al Molino. Podía ser que se hubiera desgraciado algún animal, pero la atmósfera tan tensa daba mala espina.

            - Dicen que Dionisia se ha quedado encerrada y no puede salir.

            El vecindario empezaba a acudir, como se llamaba en estos casos, para echar una mano o para enterarse de lo que fuera.

            Algunas mujeres gimoteaban; los hombres reclamaban tranquilidad hasta ver. Todos aportaban un caos de soluciones. Que si traer una viga y echar las puertas abajo; que si destejar el tejado y entrar por el agujero. Había quien insistía en querer abrir la puerta  pequeña por su sitio, que a lo mejor ni tranca ni nada, que acaso estuviera atascada. Pero eso ya se le había ocurrido a Ricardo la primera vez.

            La propiedad estaba cerrada por todas las partes menos por una. Los tejados rodeaban al edificio y como no se destejara no había modo de entrar. Pero quedaba la pared del Corral, la del lado norte, por donde no había tejas. Un muro de tres metros largos de alto.

            Lo mejor era intentarlo por allí. Unos siguieron golpeando la puerta, mientras otros daban la vuelta para encaminarse a la mencionada tapia. Alguien trajo una escalera, pero no servía: se quedaba corta. Trajeron otra más larga y la arrimaron a la pared. Ya era suficiente, un hombre podía alcanzar, a poco que se estirara desde el último peldaño, el borde.

            Los primeros que se encaramaron a al escalera fueron Esteban, el hijo de Marcelino Gómez Guillermo, y el hijo del juez municipal, Julián Rodríguez Rodríguez, los dos mozos solteros y decididos. Algo natural porque la juventud estaba más ágil y para este estado de cosas, lo mismo que para apagar un fuego que para abarcucear con un animal, se necesitaba arrojo y osadía.

            Esteban alcanzó la cima de la tapia y esperó a que llegara a su altura la caraba que lo acompañaba.

            Al otro lado de la pared había una rima de leña mojada. Un farol guiñaba colgado de uno de los postes del cabañal, a la izquierda,  junto a los establos. Se veía el reflejo de la lumbre. Nada extraño notaron desde lo alto de la pared, al menos a simple vista. A la derecha, en la parte donde estaban los carros, todo era oscuro. Se oía el tintineo de una esquila por aquella zona.

            Si se hubieran fijado, habrían comprobado que los troncos de la lumbre que se atisbaba desde allí arriba estaban troceados y caídos fuera del centro del borrajo: signo inequívoco de que hacía rato que no se atizaba; que la alquitara echaba humo de una manera desusada de su parte alta; que había demasiado silencio allí dentro.

            Pero los dos mozos que se habían encaramado por la escalera no se percataron de estos detalles. En su prisa por desentrañar el misterio, acaso olvidaran lo obvio. Cosa que suele ocurrir. Como mucho, mirarían desde allí lo oscuro de las sombras, los rincones que no se distinguían porque los tapaban los tejados y porque no llegaba a ellos ni la luz del fuego ni la del farol, que no se notaba presencia humana por parte alguna.

            Bajaron los dos hombres ayudándose en la leñera y al llegar al suelo puede que pretendiesen hacerse con la panorámica del local. La lumbre era lo que más se veía; el bulto impreciso y humeante del alambique, y el ganado barruntando en el establo, ciertamente inquieto. Si hasta unas bestias tan tranquilas como los marranos estaban aquella noche sin dormirse. Y ni rastro de ser humano.

            En la puerta de la calle trompeaban los  de fuera: que qué pasaba, que qué habían visto, que abrieran. Quitaron la tranca de la puerta y, en efecto, abrieron. Por el hueco entró un tropel de gente que se puso a mirar por todos los sitios. No sabían exactamente qué buscaban, aunque sin duda pretendieran encontrar una seña definitiva. Lo que pasaba era que se trataba de una seña de no se sabía qué.

            (Hay una señora en Valdelacasa que asegura que las puertas no estaban trancadas por dentro, sino candadas desde fuera con la llave. Que los que entraron por la tapia, en lugar  de desatrancar, lo que hicieron fue abrir los dos portones ala vez para anular el efecto de la cerradura. Y que una vez la gente dentro, con la confusión apareció la llave puesta en la puerta. Cosa que desde luego no estaba cuando buscaban abrir desde fuera sin conseguirlo. ¿Quién había puesto la llave en su sitio? ¿Quién la tenía escondida? La misma señora sospecha del propio Ricardo, que era un pinta, según palabras textuales, y que fue quien enceló a Julián para que se quedara a solas con Dionisia, encargándose él mismo de la llave de la puerta para que nadie los molestara mientras lo pasaban bien. Quizá convenga traer a colación esta versión, ya que los testigos que estaban presentes cuando la mujer aportó este testimonio, no sólo no la contradijeron, sino que aseguraron que algo al respecto se había dicho entonces.)

            En todo caso, el tropel de gene ya estaba dentro del local aquella noche. Unos porque vivían cerca, otros porque se habían ido enterando del jaleo, y todos sin excepción buscaban a Dionisia; desde los amos a los criados pasando por los simples curiosos.

            Como suele ser cierto que varios pares de ojos ven más que dos, fueron descubriendo novedades nada corrientes, las cuales certificaban que allí había ocurrido algo fuera de lo normal. Junto a la rima de troncos secos de la pared había un claro reguero de sangre; en el suelo, cerca de la lumbre, unos ronchones de pelo negro y largo; un pañuelo de los que usaban las mujeres para la cabeza estaba tirado de mala manera en el corral, por fuera de lo techado; un mandil arrepuñado a la vera de la pila que estaba al lado del pozo. Había más rastros de sangre en diferentes lugares. Como signos de alguna suerte de lucha aquí y allá.

            La gente continuaba buscando y llamando. Se metieron por los compartimientos de las bestias, no fuera a ser que Dionisia hubiera ido a hacer sus  necesidades y la pateara una res.

            Hasta que una voz apenas audible salió de dentro del pozo:

            - ¡Que estoy aquí!

            El personal abandonó los signos que había ido descubriendo y se agolpó alrededor del brocal. Arrimaron escobas y tizones encendidos por alumbrar el pozo.

            Felisa Moreno, que había reconocido en la voz que demandaba auxilio la de Dionisia, la reconvino:

            - Agárrate hija, agárrate que te vamos a sacar.

            Parecidos consejos daban los más allegados a la criada.

            El brocal del pozo eran cuatro lanchas enterizas de granito de algo más de un metro de largas que conformaban un cubo de otros tanto de altura. Del arco de hierro forjado colgaba la polea, por cuyo carril pasaba la cadena que tantos calderos de agua le habría sacado a las profundidades. El pozo se hundía sus tres metros hasta el fondo y, pasado el ras del suelo, se internaba hasta ocupar por debajo una buena parte del portal. Como alguien se cayera dentro le sería muy difícil encontrar la salida, porque, aun en el caso de que supiera nadar, pudiera ser que avanzara hasta el extremo opuesto y no le diera tiempo a encontrar la boca. Y Dionisia no sabía nadar.

            No obstante, la cadena que bajaba  recta hasta perderse en lo hondo estaba tirante porque se encontraba atascada con un nudo que no había pasado por el carril de la carrucha. Un nudo hecho a propósito para que, en el caso de que la caldereta quedara libre, no se cayera al fondo y se perdiera. Así que al estar tan tensa la cadena, cabía la posibilidad de que quien estuviera dentro del pozo se encontrara agarrado a ella. De no estar ese nudo salvador, el de dentro no habría ido irremediablemente con la caldereta.

            Los hombres ya se asomaban a la boca negra sin conseguir ver cosa ninguna, ni aún arrimando tizones encendidos. Tomás Nieto Rodríguez, buen mozo al que llamaban Clavel por su apostura, y el hijo del juez optaron por la solución más práctica, que fue la de tirar de la cadena para izar a Dionisia antes que cualquier otra cosa. Buena gana de andar esperando. Lo primero era salvarla, luego ya se le preguntaría cómo se había caído.

            Felisa Moreno continuaba diciéndole que se agarrara fuerte que ya la sacaban. También decía que gracias a Dios.

            El afán por ayudar hizo que varias manos se unieran a las de Tomás y a las de Julián. Con menos hubiera bastado, pero, en esos instantes, afloraba la solidaridad como en un solo impulso colectivo.

            Tanta fuerza junta logró que la cadena subiera con facilidad. Como si sujetase poco peso.

            Se produjo una exclamación de asombro cuando empezó a aparecer la cabeza empapada e inconfundible de Julián Blázquez Redondo, más conocido por Guiñote. Venía metido en la misma caldereta. Con tan escuchimizado cuerpo como el suyo, tampoco es que fuera dificultoso entender que hubiese logrado meterse todo entero en recipiente tan reducido.

            Julián Blázquez Redondo parecía un pajarito remojado cuando lo ayudaron a salir de nido tan impropio. Salió tiritando y calado hasta los huesos. Tan encogido y aterido, con su media joroba y sus extremidades  patizambas, más parecía un gurruño inclasificable, un amasijo de hombre dentro de un caldero, que persona salvada del ahogo. El pelo ceniciento pegado a la cabeza, los azules ojillos asustados, la ropa chorreando.

            Todos los presentes quedaron un momento en suspenso, un instante en silencio sorpresivo. A quien menos esperaban encontrar allí era a Guiñote, puesto que todos sin excepción creían que quien había pedido auxilio había sido Dionisia y, por tanto, era a ella a la que esperaban ver aparecer al tirar de la cadena. Por otro lado, la propia facha del hombrecillo sobrecogía a cualquiera.

            Alguien se preocupó de arrimar al mojado a la lumbre y de tirarle una manta por encima. Si no entraba pronto en calor no las iba a contar. Le rodeaban expectantes, esperando que el salvado empezara a hablar de un momento a otro y explicara qué había pasado allí.

            Ya todos hacían preguntas, igual por parte de los allegados que de los amos. Sobre todo el patriarca de los Morenos, que era allí el de más autoridad. Si hasta entonces había dejado que la juventud tomara la iniciativa, vio llegado el momento de se él quien aclarara aquello. Felisa, que también hablaba mucho y preguntaba, acaso fuera quien más se extrañó de que no hubiera salido por el brocal del pozo su criada:

            - ¿Cómo es que estabas dentro del pozo?

            Julián Blázquez Redondo parecía que se había quedado mudo, porque no contestaba a nadie. Como si le diera igual quien le preguntara, ya fuera alcalde o amos. Tenía la vista perdida, reconcentrada. En el centro de toda aquella gente que lo miraba, y él sin moverse, temblando de frío y de miedo.

- ¿No oyes? ¿Qué hacías en el pozo?

            - Dejarlo que entre en calor.

            No lo dejaban ni respirar: tantos ojos mirando inquisidores, tantas preguntas, tantos dedos señalándolo. Bueno estaba él, como para que le anduvieran requiriendo tantas cuestiones a la vez.

            Hubo un instante en que pareció despegar los labios, como si quisiera decir algo. Acaso emitiera un sonido, una frase que tan sólo los más próximos a él oyeron, y de éstos nada más que un par de ellos entendieron.

            - Dice que lo han tirado

            - ¿Quién te ha tirado?

            La que preguntaba era Felisa Moreno, por algo era el ama, la mujer del amo y la hija del patriarca. Todo en la misma persona daba mucha autoridad. Su especial predisposición a solucionar los problemas personales, la empujó a hacerse  con las riendas de aquel interrogatorio difícil que aclarara lo que había pasado allí aquella tarde. Un hombre metido en el pozo, una mujer sin aparecer, todo ello en extrañas circunstancias.

            Guiñote permanecía inmerso en un mutismo que no parecía fácilmente salvable. Como si fueran demasiadas las preguntas, como si se hubiera quedado sin habla, sin memoria y sin entendimiento. Pero Felisa no estaba para esperar e inició otro camino. Él ya estaba salvado y, si no sabía decir cómo había entrado en el pozo, lo mismo tenía. Era preciso saber de Dionisia, que, con tanto alboroto por la salida inesperada de Guiñote por el brocal, casi se había dejado de lado su búsqueda.

            - ¿Dónde está Dionisia?

            El hombre  insistía en su callada y no despegó los labios, tan sólo se le percibió un ligero encogimiento de hombros. Parecía que no oyera o que  no quisiera  oír. El ama repetía la pregunta una y otra vez sin que sirviera de nada. Hasta que consideró que acaso resultara más práctico darle un buen meneo a ver si así se le refrescaba la memoria o por lo menos entraba en reacción recuperando el habla.

            - Que dónde está Dionisia, te digo.

            - No sé. No sé dónde estará –murmuró por fin el interrogado.

            - Cómo que no sabes si quedó aquí contigo.

            - Pero si cuando yo me fui quedasteis aquí los dos, ¿dónde ha ido ella? –intervino Ricardo García Izquierdo.

            Había hombres que seguían  buscando por los rincones, no fuera  a estar  trastornada en algún sitio. Debajo de los carros y encima; por la leñera, en las cuadras; hasta en el cebadero de los cerdos, en el techado de la parte oeste. Se asomaban al pozo y no veían más que la negrura. Alguien aventuró que había visto un bulto flotando. Sin duda, imaginaciones provocadas por la excitación del momento.

            Julián Blázquez Redondo, Guiñote, seguía sin decir nada. Las preguntas eran ya más directas, casi acusadoras, y ni las unas ni las otras lograban del hombre más que la callada por respuesta.

            - Aquí tiene que haber pasado algo, por fuerza.

            - Y toda esa sangre que se ve, ¿de qué es?

            - Pero cómo no va a saber dónde está Dionisia.

            - Lo  tiene que saber. Lo que pasa es que no quiere decirlo.

            - Pues que lo diga.

            - O por las buenas, o por las malas.

            - A burro tonto, arriero loco.

            - ¿Dónde está la Dionisia?

            - ¿No oyes? ¿Qué donde la tienes?

            - ¿Qué has hecho con ella? –empezó a aventurar alguien.

            - Que lo diga, o si no se da cuenta a la Guardia Civil.

            - Y a la cárcel.

            - Éste ha hecho algo y ahora calla.

            El grupo de gene reunido aquella noche en el Molino aventuraba tantas hipótesis como frases, y eran tantas las frases como las personas reunidas en torno al recién salido del pozo. Casi no iban dirigidas  a Guiñote, sino que las lanzaban al aire por decir algo, por participar en el esclarecimiento de semejante misterio. Como si oyéndose en voz alta a sí mismos contribuyeran a entender lo que Julián no quería explicar.

            Dionisia seguía sin aparecer por parte alguna a pesar de que continuaran llamándola a voces.

            Pareció nuevamente que, avasallado a inquisitorias, el Guiñote se disponía a decir algo. Aquello parecía una declaración por cuentagotas. Al menos se le vio despegar los labios. Los más cercanos reclamaron silencio con un chitón nervioso. Escucharon expectantes el hilo de voz.

            - Está en el pozo.

            - ¿Y cómo no lo has dicho antes?

            - ¿Qué hace ahí dentro? –torpe e innecesaria pregunta, a quien fuera que se le ocurriese.

            - Nos tiramos los dos pa ahogarnos –acabó confesando Julián Blázquez Redondo entre dientes.

            La gente se olvidó de él y se abalanzó hacia el brocal del pozo. Pocos habían oído la declaración, pero bastó que unos miraran en aquella dirección para que todos se trasladaran. Una reacción simpática en los momentos tensos.

            Hubo quien reaccionó con desprecio, aún sin conocimiento de causa:

            - Ah, marrano. Poco te has ahogado tú…

            Arrimaron luces al pozo: un candil de petróleo,  acaso otro de carburo. Sobre todo alumbraban con tizones robados de la lumbre.

            - Aquí no se ve nada: hay que entrar dentro –opinó después de asomarse el tío Gorón.

            Trajeron la escalera utilizada para saltar la tapia y la metieron en el pozo. Un extremo tocó el fondo y apenas el otro alcanzaba la base de granito del brocal. El hijo del juez municipal, Julián Rodríguez, fue el primero en pisar la escalera. Bajó un par de peldaños y sus pies tocaron la flor del agua. Portaba en una mano un farol encendido, con la otra  se agarraba al palo de la escalera.

            -¿Se ve algo? –preguntaron desde fuera.

            La tenue llama repartía un breve destello amarillo que relumbró en la superficie del agua: rielando estrechamente.

- Aquí no se ve cosa ninguna.

            Los ojos del hijo del tío Cabrera tardaron en acostumbrarse a las tinieblas, pues la llama que proporcionaba el farol  no ayudaba mucho. Por un momento le pareció vislumbrar algo flotando.

            - Cuidao si no hay algo ahí  más adelante.

            - Tú no te sueltes, a ver si luego no puedes  salir –dijo desde fuera Joaquín Rodríguez Miguel a su hijo.

            - A ver si hubiera un palo largo, si no, no alcanzo –se oyó decir desde el pozo.

            Le dieron un varal y el mozo fue acercando, no sin dificultad, el bulto que había visto flotar a ras del agua. Efectivamente, cuando lo tuvo cerca, el bulto incierto se convirtió en el cuerpo inerte de Dionisia. No era extraño que la mujer  no hubiera contestado a ninguna de las llamadas, porque no le quedaba vida para hacerlo.

            Para entonces, el mozo ya había soltado la luz porque de lo  contrario no había forma de sujetarse. Le alumbraban desde fuera, con lo que podía ver menos aún.

            - Está muerta –informó la voz desde el interior.

            Hizo falta más fuerza para sacar por aquella estrechura el cuerpo sin vida de Dionisia. Julián Rodríguez había podido acercarla hasta  la boca, pero izarla no era tan sencillo. Tomás Nieto Rodríguez, Clavel, se dobló sobre el brocal para ayudar al hijo del juez. Extendía los brazos al tiempo que lo sujetaban a él por las piernas. Alcanzó a agarrar a la muerta por los cabellos y se quedó con un ronchón de pelos y de sangre en la mano. Le dio un mareo de arrancar aquello con tanta facilidad.

            El hijo del tío Cabrera había bajado unos peldaños más de la escalera y el agua le llegaba por la cintura. Ni sentía el frío. Izaba por los hombros a la muerta para que Tomás Nieto  pudiera asirla por otra parte más consistente. Pero de esta forma no había dónde. Tomás Nieto no podía agarrarse bien y el cuerpo de la desdichada Dionisia se caía encima de Julián Rodríguez Rodríguez, quien  corría verdadero peligro de ser arrastrado a las profundidades del pozo. Y tampoco podía entrar otro hombre a ayudar: no había espacio suficiente.

            A alguien se le ocurrió utilizar una cuerda para atarla por los sobacos del cuerpo inerte. Así ya sujetaban desde arriba y resultaba más fácil empujar.

            Cuando consiguieron que parte de Dionisia asomara por el brocal, entonces ya fueron más los brazos que se sumaron a sacarla.  Aún costó lo suyo porque aquella humanidad se desmadejaba y la abertura era estrecha.

            El blusón de Julián Rodríguez Rodríguez quedó empapado y lleno de lamparones oscuros, sanguinolentos. Lo mismo que los pantalones de pana. Dionisia estaba descalza: las alpargatas que solía calzar igual podían haber quedado dentro del pozo que no habar sido metidas en él. El pelo negro lo tenía pegado a la cara, excepto claro, el puñado que se le había quedado a Tomás en la mano. El moño deshecho y sin nada que el cubriera la cabeza. No en vano habían encontrado el pañuelo tirado antes, cuando aún nadie sospechaba que la mujer estuviera en esas circunstancias.

            Se trajo una manta, la extendieron  en el cabañal cerca de la lumbre y arrimada a la brigada de la pared, y sobre ella tendieron el cuerpo sin vida.

            Las mujeres se santiguaban y emitían gritos histéricos trayendo a colación a los santos del cielo. Los hombres también se santiguaban y se descubrían la cabeza, pero permanecían en silencio.

            Felisa Moreno miró entonces a Guiñote, quien no había participado en la extracción del cadáver, ni lo miraba, ni hubiera parecido que el asunto tuviera algo que ver con él. El ama lo vio allí parado, acurrucado en un tajo junto a la lumbre, tapado con una manta. Lo odió y se puso como una fiera. Se lanzó por él sin que nadie lo pudiera evitar, dada la sorpresa del arrojo. Lo agarró por el cuello y lo arañaba al tiempo que lo llamaba asesino. Cubríalo de improperios mientras lo zarandeaba sin soltarle el pescuezo. Joaquín Rodríguez Miguel, el tío Cabrera, consideró llegado el momento de intervenir en calidad de juez municipal.

            - Calma, calma, eso lo tiene que hacer la justicia.

            Sujetaron a Felisa y al apartaron de Guiñote, llevándola al otro extremo del portalón en donde quedó gimiendo con hipidos rabiosos.

            A Julián Bláquez Redondo, le preguntaban que qué había pasado allí, que quién había tirado a Dionisia. Él repetía que no había  hecho nada, que no sabía, que por qué le preguntaban a él; que lo mataran si querían. A cada interpelación contestaba con una explicación entrecortada que contradecía la anterior. Llegó a insistir en que se habían querido suicidar los dos; luego que los habían tirado y  que él pudo agarrarse a la carrucha. Pero nunca explicaba  quién había hecho aquello con ellos.

            Las pocas palabras que le pudieron sacar aquella noche estaban llenas de contradicciones, de dichos  y desmentidos. Silencios, sobre todo había muchos silencios.

            Ricardo García Izquierdo, de pronto, se echó sobre Guiñote con peores intenciones, si cabe, que su ama. Emulándola en el ajuste de cuentas. Lo mismo golpeaba con los puños que con los pies:

            - ¡Cómo que no has hecho nada, cabrón! ¿Entonces quién lo ha hecho? ¡Dejarme que lo mato, criminal! –decía cuando lo sujetaban entre tres hombres para que no desgraciara allí mismo al sospechoso.

            Ricardo entendía que el único que podía haber hecho aquel destrozo  era Guiñote. Porque de lo contrario, o en el caso de que también Guiñote se hubiese ahogado, no a otro más que a él cargarían con las culpas. Era una de las razones por las que arreciaba su ira. No tanto por la memoria de la pobre Dionisia, como porque no lo rozara la sospecha.

            El juez municipal decidió que hasta que aquello se aclarara, y para evitar males mayores, lo mejor era poner a Guiñote a buen recaudo. Porque la agresividad de Ricardo no era la única, ni sus voces, ni sus patadas, ni su rabia. Los ánimos se habían desatado por momentos y podía suceder otra desgracia más. Con una ya había bastante.

            Julia Rodríguez, la criada del tío Gorón, había ido con los amos al Molino, pero una vez que sacaron a Julián el Guiñote se volvió a casa. Por eso no se enteró de lo de Dionisia hasta después. El amo se lo había ordenado, que la casa estaba sola y abierta de par en par, que allí ella ya no pintaba nada. Además de que la tía Manuela, impedida en la cama, podía precisar de sus servicios. Así que no vio cuándo sacaron a la muerta del pozo ni cómo.

            Lo supo al poco rato, al volver a casa los amos.

            El pueblo se enteró en seguida porque no tardaron en correrse las voces de boca en boca. Como un eco que se iba extendiendo a través de las paredes.

            - Han matado a la Dionisia.

            Ahogada desde luego no podía ser, por la sangre que se había visto en el corral y por la que a ella se le salía de la cabeza.

            - Han matado a palos a la Dionisia –era lo que se oía aquella noche por las calles del pueblo. Como si el viento lo fuera repitiendo de casa en casa.

            La mayoría de los vecinos de Valdelacasa se enteró al poco de ocurrir la desgracia. No serían ni las diez cuando sacaron el cuerpo y, aunque muchos se hubieran acostado, llegó a sus oídos la mala nueva. Con la de personal que se había dado cita en el Molino, al principio de echarse en falta a Dionisia, y con los que fueron llegando después, el pueblo se enteró en un periquete. Si acaso algunos del barrio alto, por las Saleras, no lo supieron hasta por la mañana. Pero fueron los menos.

            Valdelacas quedó consternado, atemorizado como sólo lo dejaban los hechos sangrientos. Las calles cual si  murmuraran; un silencio tenso oliendo a tragedia. Lo  mismo las pocas casas de cantería existentes, las de los ricos, que las muchas de adobe, se pusieron a relacionar el último suceso trágico de que se tenía noticia. La sangre se va olvidando  aunque el pueblo muera cada vez un poco más, pero como aparezca  otra, se vuelve reciente y a flor de piel. Un cielo maldito  que se  repetía cada cierto tiempo.

            Habían pasado menos de treinta años desde la última vez que el pueblo se afligió de manera parecida. Casi treinta años, peo se volvió a poner en boca de todos los vecinos. Incluso las sombras se pusieron a recitar la copla:

 

                                   Los huertos de la Fuente el Valle

                                   ya no se riegan con agua

                                   que se riegan con sangre

                                   de lo de Valdelacasa.

 

            Fue en 1896, cuando los Baratos y los Tauneros –Hoya y García de apellidos oficiales-, sendas familias de posibles y con hijos suficientes, andaban desafiados. Todo empezó por unas cepas. Como la mayoría de las tragedias rurales que principian por un quítame allá esas pajas y acaban en sangre. Era en agosto, por San Bartolo, y fueron todos a la fiesta de Los Santos. A la vuelta, en el sitio que llaman la Fuente del Valle, junto  a una lancha blanca que se puede ver desde la parte alta de Valdelacasa, las dos familias se acuchillaron. Por unas cepas aparecieron las navajas, la venganza y la sangre. Murieron tres Baratos y un Taunero. Aquéllos eran más fanfarrones, pero fueron  los tímidos quienes hicieron las muertes. Un Taunero había recibido vente puñaladas y se hizo el muerto, así se salvó de una muerte cierta. Uno  de sus hijos le daba de beber agua por un zapato y luego se llevó por delante a los tres Baratos. Tuvo tiempo de todo. Victoriana era hija del Taunero herido de tantos pinchazos y esposa de un Barato. Padre y marido caídos y ambos demandando consuelo a la mujer. Más la Victoriana, teniendo que elegir en tan doloroso trance, sintió la llamada de la sangre de su casta  y dejó morir al marido como un perro por atender al padre.

            El sitio de la Fuente el Valle desde entonces quedó mentado para siempre:

                                   Fuente el Valle, Fuente el Valle,

                                   qué famoso vas a ser

                                   vas a recorrer toda España

                                   en un pliego de papel.  

            La noche del 23 al 24 de febrero de 1923, por una acaso lógica asociación de ideas, quedaron hermanados la Fuente del Valle y el Molino de Filomeno Moreno Hernández.